Soy Manuel Delgado Tenorio. Me dedico al marketing y la tecnología desde hace más de 20 años. Aquí hablo de Customer Analytics, Machine Learning, datos, MarTech y otros temas que me interesan.

Llamamos Citizen Data Scientists (Citizen DS) a aquellas personas cuya dedicación principal es ajena al área de analítica de datos pero que son capaces de llevar a cabo tareas de analítica avanzada con cierto nivel de sofisticación, como parte de su trabajo.

En cierto modo, los Citizen Data Scientists son como esos “power users” de Excel que puedes encontrar en cualquier área funcional, solo que ahora tienen a su disposición cantidades mucho mayores de datos.

Además, cuentan con herramientas que automatizan y simplifican tareas que, hasta hace bien poco, solo podían realizar los Data Scientists (DS) y los Data Engineers (DE).

Los Citizen Data Scientists son usuarios de negocio capaces de realizar tareas analíticas con cierto nivel de sofisticación.

Son uno de los frutos de la democratización de la ciencia de datos, tendencia imparable y ya muy asentada en algunas organizaciones.

Algo muy relevante para entender esta figura es que nadie se llama a sí mismo “Citizen Data Scientist”, igual que no existen tarjetas de visita con ese cargo. Siguen siendo quienes eran en sus departamentos, solo que el contexto de datos, la exigencia del negocio y el avance de la tecnología han avivado sus capacidades analíticas.

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La principal preocupación de quienes ostentan la certificación PMP en dirección de proyectos es cómo conseguir los PDU necesarios para la renovación, cada tres años.

Podría ponerme a escribir muchas pistas y consejos sobre cómo acumular esos PDU. Pero, en realidad, creo que el mejor consejo ya lo di hace unos años, en un comentario en el artículo «Ya tengo los PDU necesarios para renovar el PMP«:


¡No pagues nunca por conseguir PDU!

El único motivo que se me ocurre para pagar por conseguir los PDU necesarios para renovar tu certificación PMP es que te hayas dormido en los laureles durante los tres años del ciclo de recertificación y no hayas acumulado ni uno. En esa situación extrema, quizá debas pagar por tener muy a mano un montón de recursos que te permitan conseguir los PDU.

Pero, no nos engañemos: si estás en esa situación desesperada, tu principal problema no es conseguir o no los PDU, sino que estás desconectado de la disciplina de la gestión de proyectos.

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Quienes visitan este blog con una cierta frecuencia (y eso, cada vez es menos gente, porque la fidelidad a los blogs ha caído brutalmente en la última década) se darían cuenta hace unos meses de un importante rediseño que le di.

Esto, en realidad, no es ninguna novedad: este blog existe, con distintas orientaciones y contenidos, desde el año 2000, así que ha pasado por multitud de etapas distintas. Sólo dos cosas se han mantenido constantes: mi nombre de dominio y, salvo al principio, el uso de wordpress.org, es decir, la versión de código abierto y auto hospedada de WordPress.

Con tantas idas y venidas a lo largo de casi 20 años, he probado un número enorme de plugins de WordPress. Enorme. A algunos de ellos, les he dado oportunidades en varias ocasiones: son aquellos que te ofrecen cosas interesantes pero que tienen otras que te echan para atrás y que, cuando pasa un tiempo, me animo a volver a probar.

Jetpack (aquí, su web oficial) es uno de esos plugins que he probado mil veces (y que, debo reconocerlo, siempre acabo desinstalando pasadas unas pocas semanas) para ir viendo su evolución.

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El martes pasado, asistí en Campus Madrid de Google for Startups a la presentación del Observatorio del Impacto Social y Ético de la Inteligencia Artificial (OdiseIA).

Durante la mesa de debate que se organizó tras las conferencias iniciales, me chocó bastante una idea que se repitió en al menos un par de ocasiones: que los usuarios renunciamos con mucha facilidad a nuestra privacidad a cambio de comodidad, a cambio de que esas aplicaciones y servicios nos hagan la vida más fácil, todo esto propiciado, además, por la pasividad y la falta de cultura.

Captura de pantalla de Cinco Días
La idea de que regalamos nuestros datos a cambio de comodidad y por pasividad ha sido recogida por la mayoría de los medios que cubrieron el acto, como en este ejemplo de Cinco Días

A simple vista, es una idea fácil de comprar. Sin embargo, me pregunto si verdaderamente es así.

¿Damos voluntariamente nuestros datos personales y abrimos muchos otros rincones de nuestra privacidad solo a cambio de comodidad? ¿El problema es nuestra pasividad? ¿O nuestra falta de cultura sobre privacidad?

¿O acaso los grandes recopiladores de información invierten ingentes cantidades de esfuerzo y de dinero en lograr que les demos nuestros datos?

¿Damos nuestros datos por pasividad o existe por parte de terceros una voluntad activa e incesante para lograr que bajemos la guardia?

¿Falta tanta cultura sobre privacidad o sobra tanto esfuerzo para hacer opaco lo que ocurre con nuestros datos una vez que le damos al botoncito de «acepto las cookies»?

Es demasiado inocente pensar que es libre e informado (o, peor aún, que es fruto exclusivo de la ignorancia y la pasividad) el nivel de renuncia a nuestra privacidad en la que incurrimos, por ejemplo, cuando descargamos una app y aceptamos sus términos y condiciones y le damos permisos sobre nuestro dispositivo.

Para empezar, porque los desarrolladores de esa app han dedicado mucho tiempo, esfuerzo y dinero en llegar a ti, en estar por delante de la competencia y en seducirte. Han aplicado técnicas y métodos que los profesionales del marketing y de los datos llevamos décadas mejorando y afinando. Cuentan con software, con datos, con expertos, para lograr que tengas la sensación de que descargarte esa app es lo que debes hacer ahora en tu vida.

Y una vez que tus datos son generados, recopilados, transmitidos, almacenados, agregados y explotados, pierdes por completo el control sobre ellos. Y esto, una vez más, no es mero fruto de la casualidad: es producto de un esfuerzo dirigido por cada vez más actores para lograr que esa opacidad siga estando acompañada de impunidad.

Si cualquiera de nosotros tuviéramos el presupuesto en abogados y lobbies de las grandes redes sociales, seguro que tendríamos nuestros datos mejor protegidos.

No es cuestión de pasividad, es cuestión de asimetría.

La vuelta a la actividad laboral después del verano trae, año tras año, la cansina repetición de una dinámica, ya un patrón, en las redes sociales.

Todo comienza con personas que manifiestan su descontento con tener que volver al curro tras las vacaciones.

Habitualmente, estas quejas despiertan a su alrededor un coro de voces solidarias, unidas por el dolor que les causa la ausencia del olor a mar, la lejanía de la paella o el arrepentimiento por no haber llegado a visitar aquella pequeña aldea, cuyo evocador nombre apenas se distinguía en aquella señal desvencijada, porque les apartaba de la ruta principal de su viaje.

Hasta aquí, todo fluye con suavidad. Nos abrazamos virtualmente mediante la queja amarga por la lejanía de lo vivido. Nos damos palmaditas digitales en la espalda y nos animamos a mirar con esperanza hacia el año que viene, sabedores de que el camino es largo y lleno de piedras, pero también de que el verano siempre acaba volviendo.

Sin embargo, las dos piezas anteriores, enunciación y coro, suelen venir acompañados de una tercera, mucho menos armoniosa. El Grinch de septiembre.

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Hace unos días, me descubrí haciéndome esta pregunta: «¿cuándo fue la última vez que puse un vínculo a otro blog personal en algún artículo?«

Y la verdad es que no supe contestarme. Hace mucho, mucho.

Supongo que es normal pasar por momentos de nostalgia por los tiempos pasados. Pues a mí, estos días, me ha dado por echar de menos aquellos primeros años de «la web 2.0».

Sí, he dicho «web 2.0». ¿A que llevabas años sin oírlo?

Me refiero, por supuesto, a los tiempos previos a la hegemonía de Facebook, Twitter y un par más. Cuando los reyes de Internet eran Blogger y WordPress.com

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