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Consejos básicos para startups: pon una asesoría en tu vida

Con eso de que uno ya va empezando a tener algunas canas en esto del emprendimiento, me veo con cierta frecuencia acompañando a nuevos emprendedores en el tortuoso camino de la creación de su (primera) empresa.

No hablo de la creación de su producto o de su modelo de negocio: aun con todas las dudas e incertidumbres propias de esas líneas, suelen tener un mapa mental mucho más completo y definido que en lo referente a sus primeros pasitos legales, fiscales y administrativos.

Es habitual que esto sea mucho más acentuado en el caso de equipos emprendedores formados sólo por personas técnicas pero, cuidado, no nos engañemos, venir del lado de “negocio” no garantiza nada, en este sentido.

Sin ir más lejos, en un MBA te enseñan a ser el CEO de una multinacional global que cotiza en el NASDAQ, pero es raro que te cuenten nada sobre cómo constituir una SL, darte de alta como autónomo, cobrar tu primera factura o abrir una cuenta bancaria, y esas son las habilidades que necesitas cuando creas tu startup (luego ya, si creces y sobrevives, pondrás en práctica las otras).

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El lado oscuro del NPS

Tengo la impresión de que vivimos un repunte del uso del indicador Net Promoter Score (NPS). Tras un pico de popularidad a mediados de la década pasada, el NPS perdió fuelle durante unos años.

Sin embargo, recientemente, el NPS ha vuelto a protagonizar muchas conversaciones a mi alrededor: desde proveedores de servicios que lo destacan en su portfolio hasta clientes que re-indexan todos sus objetivos para basarlos en la mejora del NPS. Un auténtico resurgimiento, vamos.

En cierto modo, ver que las empresas se preocupan por el NPS es positivo: es una señal de que, quizá, les interesa la salud de la relación con sus clientes. Todo lo que sea preocuparse por dar una mejor experiencia debería ser bienvenido, así que sí, bien, fantástico…

O no.

Sería fantástico si no fuera porque el Net Promoter Score es un indicador muy mejorable que, además, se suele implantar muy mal.

De qué estamos hablando: cómo “funciona” el NPS

Vamos, en primer lugar, a describir el NPS, para que todos hablemos de lo mismo.

Seguro que te ha pasado cientos de veces: compras algo en un comercio online y, al terminar el proceso, la web te hace esta pregunta:

Típica encuesta de NPS

Típica encuesta de NPS

Los negocios offline también la usan: típicamente, te llaman o te mandan un email, pasados unos días.

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Es la capacidad de ejecución, amigas

¿Qué es más importante, la idea* o la capacidad de ejecución?

Esta pregunta, inocente en apariencia, suscita multitud de discusiones en el mundillo empresarial, sobre todo en el submundillo startupero.

Estoy convencido de que se trata de un falso dilema.

Primero, porque tener las dos en su máxima expresión es lo ideal: una gran idea y una gran capacidad para llevarla a cabo.

Segundo, porque el máximo desequilibrio tampoco es deseable: es improbable que salga algo bueno de juntar una idea pésima con una sublime capacidad para hacerla realidad.

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No os estáis transformando… y lo sabéis

Sobre el tema de la “transformación digital”, tengo sentimientos encontrados.

Por una parte, la considero una necesidad básica y esencial, algo sin lo que cualquier organización está abocada a la extinción o, como mínimo,  a la irrelevancia.

Pero, por otro lado, estoy tan harto como el que más de que, en los últimos dos años, se haya convertido en “el palabro” de moda, la coletilla que todos tenemos que tener en nuestras presentaciones, nuestras bios de Twitter y, por supuesto, nuestros perfiles de LinkedIn.

De transformación digital llevo oyendo hablar desde hace 20 años. Sin exagerar. Era yo un tierno estudiante universitario y ya existía consenso sobre la necesidad de que las empresas se adaptaran a aquello que llamábamos “nuevas tecnologías”. Seguir leyendo