¿Somos realmente libres cuando damos nuestros datos en Internet?

Por Manuel Delgado Tenorio · septiembre de 2019
Advanced Data Analytics

El martes pasado, asistí en Campus Madrid de Google for Startups a la presentación del Observatorio del Impacto Social y Ético de la Inteligencia Artificial (OdiseIA).

Durante la mesa de debate que se organizó tras las conferencias iniciales, me chocó bastante una idea que se repitió en al menos un par de ocasiones: que los usuarios renunciamos con mucha facilidad a nuestra privacidad a cambio de comodidad, a cambio de que esas aplicaciones y servicios nos hagan la vida más fácil, todo esto propiciado, además, por la pasividad y la falta de cultura.

Captura de pantalla de Cinco Días
La idea de que regalamos nuestros datos a cambio de comodidad y por pasividad ha sido recogida por la mayoría de los medios que cubrieron el acto, como en este ejemplo de Cinco Días

A simple vista, es una idea fácil de comprar. Sin embargo, me pregunto si verdaderamente es así.

¿Damos voluntariamente nuestros datos personales y abrimos muchos otros rincones de nuestra privacidad solo a cambio de comodidad? ¿El problema es nuestra pasividad? ¿O nuestra falta de cultura sobre privacidad?

¿O acaso los grandes recopiladores de información invierten ingentes cantidades de esfuerzo y de dinero en lograr que les demos nuestros datos?

¿Damos nuestros datos por pasividad o existe por parte de terceros una voluntad activa e incesante para lograr que bajemos la guardia?

¿Falta tanta cultura sobre privacidad o sobra tanto esfuerzo para hacer opaco lo que ocurre con nuestros datos una vez que le damos al botoncito de «acepto las cookies»?

Es demasiado inocente pensar que es libre e informado (o, peor aún, que es fruto exclusivo de la ignorancia y la pasividad) el nivel de renuncia a nuestra privacidad en la que incurrimos, por ejemplo, cuando descargamos una app y aceptamos sus términos y condiciones y le damos permisos sobre nuestro dispositivo.

Para empezar, porque los desarrolladores de esa app han dedicado mucho tiempo, esfuerzo y dinero en llegar a ti, en estar por delante de la competencia y en seducirte. Han aplicado técnicas y métodos que los profesionales del marketing y de los datos llevamos décadas mejorando y afinando. Cuentan con software, con datos, con expertos, para lograr que tengas la sensación de que descargarte esa app es lo que debes hacer ahora en tu vida.

Y una vez que tus datos son generados, recopilados, transmitidos, almacenados, agregados y explotados, pierdes por completo el control sobre ellos. Y esto, una vez más, no es mero fruto de la casualidad: es producto de un esfuerzo dirigido por cada vez más actores para lograr que esa opacidad siga estando acompañada de impunidad.

Si cualquiera de nosotros tuviéramos el presupuesto en abogados y lobbies de las grandes redes sociales, seguro que tendríamos nuestros datos mejor protegidos.

No es cuestión de pasividad, es cuestión de asimetría.

3 opiniones sobre “¿Somos realmente libres cuando damos nuestros datos en Internet?

  1. De acuerdo con lo que dices pero me sorprende este artículo que alguien que se dedica a los datos de marketing.

    1. No sé si entiendo la sorpresa. Trabajar ayudando a las empresas a aprovechar los datos no es obstáculo para ser consciente de que todos tenemos mucho que perder si dejamos que una parte de Internet siga siendo el Salvaje Oeste.

      Además, no ayudaría bien a mis clientes si no les acompañase en el uso ético de los datos, puesto que es una exigencia cada vez más firme por parte de la sociedad (o sea, de sus clientes y de sus reguladores).

      Aún es más: denunciar que se abusa de la recopilación y explotación de datos sin informar a los usuarios es una forma de proteger a mis clientes, que están sometidos no solo a la legislación europea en esta materia, la más estricta del planeta, sino también a multitud de otras regulaciones que no afectan a muchos de sus competidores, lo que es una desventaja competitiva injusta. Hay que subir el listón al mismo nivel para todos.

  2. Hola. Lo primero de todo, celebro que alguien dedicado al márketing y los datos le preste importancia a la privacidad en su vertiente del derecho a la protección de datos personales. Me pareció muy interesante tu artículo sobre privacidad diferencial.

    Creo que lo que planteas, en realidad, habría que desglosarlo en dos planos distintos. La información personal de que disponen las organizaciones y que también ceden con negligencia. La información personal que cedemos los interesados a nivel personal.

    Los equipos de abogados y legaltech están al alcance de cualquier organización hoy día, pero, en general, no les interesa porque no perciben su trascendencia. Las organizaciones solo quieren ser productivas, pero no quieren pensar si deben serlo de cierto modo y no de cualquier manera. Actualmente empiezan a tomar conciencia de esto y empiezan a darse cuenta en distintos campos: privacidad, medioambiente, derechos sociales..etc.

    A nivel personal, en general sí es cierto que las personas regalan su información por comodidad y desconocimiento. Algo tan sencillo como cambiar de navegador a uno más privado, no se hace por ignorancia y por comodidad (cuando ya no se ignora). Algo tan sencillo como usar correos o chats gratuitos más privados, no se hace por comodidad (podrían mantener dos a la vez para no perder por completo el principal, pero no se hace). Esta comodidad se lleva luego a las organizaciones, compuestas de personas, que prefieren seguir usando medios menos privados porque son más baratos o cómodos.

    Puedo comprender que los gigantes tech lo han puesto todo así de fácil. La tentación es inmensa. También que han creado jardines vallados (la comodidad es el éxito de los productos en una gran medida) y formas desleales de generar fatiga mental para que la gente no haga esfuerzo alguno (Véanse estar todo el día rechazando cookies en una navegación que al día puede ser de más de 50 páginas distintas, por ejemplo; condiciones de servicio absurdamente largas y ofuscadas, etc.).

    En definitiva, se combinan ambas cosas. Las organizaciones saben que pueden influir en la gente y sacar provecho de su resistencia al esfuerzo y fatiga; la gente cree que no debe esforzarse por esto porque no parece tan importante.

    Es una cuestión compleja donde, a mi entender, las responsabilidades se reparten.

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