La tarde de ayer estuvo marcada por las casualidades: no es habitual que las lecturas que más me interesaron en todo el día estuvieran todas ellas íntimamente relacionadas entre sí y con un par de mis intereses principales: la literatura y la tecnología. Una tarde curiosa, sin duda.

En primer lugar, llegó un artículo de Enrique Dans sobre The Circle, una novela que tengo pendiente en el Kindle desde que salió a la venta. Por si no te suena, trata sobre la vida en una megacorporación digital (que a muchos nos evocará a Google) en un futuro distópico en el que la privacidad ha desaparecido. Que Dans escribiera sobre ella me dio aún más ganas de volver a la lectura compulsiva cuando, esta semana, acabe por fin el programa de Marketing que estoy cursando en el IE (y donde el propio Enrique me dio clase, por cierto).

Después, caí en este artículo en The New Yorker sobre una polémica que me había pasado completamente inadvertida a raíz de un artículo aparecido en Gawker. Probablemente, no habría prestado atención a una columna así de no haber estado escrita por Malcom Gladwell, autor de “The Tipping Point“, “Blink” y de varias otras obras en las que la sociología y la psicología juegan un papel principal y tienen repercusión en cuestiones de gestión empresarial, desarrollo personal o de organización social. Aunque puedo no estar de acuerdo con las conclusiones o extrapolaciones (o incluso con la metodología usada para recopilar los ejemplos) de varios pasajes de sus libros (de los que he leído, quiero decir), la verdad es que su forma de escribir me gusta lo suficiente como para prestar atención a sus artículos en The New Yorker.

En su artículo, Gladwell contradice mucha de la mierda que Scocca, uno de los editores de Gawker, lanza sin pudor contra, y aquí viene la casualidad, Dave Eggers, autor de The Circle. Sin entrar en demasiados detalles, Scocca se lanza a un largo chorreo contra la actitud smarm, que podríamos traducir con un “falso buen rollo” o “buen rollo políticamente correcto” o algo así. Cómo el smarm se mezcla con Dave Eggers y con su nueva novela es algo enrevesado y tiene que ver, por una parte, con un artículo escrito por Eggers hace 13 años, en el que postulaba la mesura y la moderación en las críticas, y por otra, con la afirmación de Eggers de no conocer en absoluto cómo funcionan las megacorporaciones informáticas a pesar de haber escrito una novela sobre ellas. Scocca no parece aceptar que Eggers exigiera, hace años, una base de experiencias y conocimiento para lanzar críticas y, hoy, escriba una novela en la que lo que hoy llamamos interacción social en Internet sale muy mal parado, a pesar de reconocer no saber mucho del asunto. Aunque la actitud de Eggers podría parecer paradójica (y así le parece a Scocca), Gladwell profundiza en el trasfondo del artículo de Eggers y en su tesis principal para demostrar que no existe tal paradoja y que, en palabras llanas, Scocca ha errado el tiro, mucho.

No obstante, la tesis de Scocca va mucho más allá de la mera crítica a Eggers o a su libro. El mejor resumen de lo que quiere contarnos en su largo artículo está en esta frase:

If negativity is understood to be bad (and it must be bad, just look at the name: negativity) then anti-negativity must be good.

Frase con la que pretende poner de manifiesto la perversión dialéctica detrás del smarm, del buen rollo fingido, de la pose positivista y, sobre todo, del vacío intelectual en el que suele moverse el buenismo, si me permitís traer aquí un término que, en España, está tan cargado de significado político: no todo lo que esté en contra de la negatividad es necesariamente bueno.

Lo cierto es que ser positivo, mantener una actitud positiva hacia la vida y hacia los sentimientos y pensamientos de uno mismo, es bueno. Es, valga la redundancia, positivo. La negatividad como forma de vida, el sarcasmo como herramienta preferida y la bilis en el lugar que debería ocupar la saliva no son buenas compañeras de viaje, en el largo plazo. No lo son de cara a los demás, como tampoco lo son hacia uno mismo. Sin embargo, no hay nada de positivo en abusar del lenguaje, tras el frágil cristal de lo políticamente correcto, para eludir la crítica merecida, desviar la atención ante las faltas propias y, en definitiva, revestir de positividad la actitud de uno frente a la del otro, incluso aunque ese otro hable desde la razón, que puede sonar ácida y brutal ante el oído poco acostumbrado a oír la verdad. Ésta es, en definitiva, la tesis de Scocca, por mucho que a Gladwell le escueza que, por el camino, Eggers se lleve algún pescozón.