Llamas, por Pete (comedynose), en Flickr (3724359284), con licencia CC by
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¿Acaso el PMP sólo vale para proyectos informáticos? ¡¡NO!!

La semana pasada, en una conversación con un amigo, ingeniero informático, surgió una cuestión a la que ya me he enfrentado en multitud de ocasiones: la identificación de la certificación PMP con la gestión de proyectos informáticos. Y, además, el recurso al PMP como excusa para trabajar mal.

Es incuestionable que abundan las personas certificadas como Project Management Professional provenientes del mundo de la informática, como es incuestionable que el número de proyectos informáticos que se desarrollan cada día es enorme (¡el software se está comiendo el mundo!). Sin embargo, esto no significa que la disciplina de la gestión de proyectos o las certificaciones del PMI sólo sirvan para los proyectos de desarrollo o integración de software. Sin ir más lejos, el PMI se fundó a finales de los años 60, alrededor de las prácticas de gestión de proyectos que comenzaban a generarse en la industria aerospacial y en la construcción, y que no tardaron en extenderse a otras áreas de la ingeniería.

El PMBoK es el corpus de conocimiento que recoge las mejores prácticas en gestión de proyectos recopiladas y “aceptadas” por el PMI, y es la base teórica de certificaciones como el PMP. Cualquiera que conozca el PMBoK sabe que, en él, no se menciona ni una sola vez un concepto que sea propio y exclusivo de los proyectos informáticos. Tanto es así, que el PMI edita una extensión del PMBoK dedicada específicamente al desarrollo de software, que ayuda a los jefes de proyecto a “traducir” el contenido del PMBoK a las especificidades de este tipo de proyectos, igual que también hay extensiones para la gestión de proyectos en organizaciones públicas y en la construcción. >> Seguir leyendo ¿Acaso el PMP sólo vale para proyectos informáticos? ¡¡NO!!

Señal de "slow", por smlp.co.uk, en Flickr (2207398366), con licencia CC by
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La web sufre de obesidad mórbida

A finales de julio, recibí un SMS de mi operador móvil, Movistar, en el que me informaban de que había consumido ya el 90% de mi tarifa de datos de 2GB. Un par de días después, recién estrenado el mes de agosto, llegó el siguiente SMS, con la funesta noticia de que había consumido ya el 100% del plan de datos, con tan sólo 13 días transcurridos de mi ciclo de facturación. Pasaba a convertirme en un paria digital, limitado a una velocidad de navegación más propia de los módems que usábamos en los años 90.

No te vayas: esto no va a ser un chorreo sobre los operadores de telefonía móvil y sus leoninas condiciones. El problema no está en mi compañía telefónica. Todo ocurrió según el contrato y resolverlo me resultó cómodo e incluso económico. Analicé lo que había pasado y vi dónde estaba la causa: navegar por la web ya no es tan “económico” como en el pasado. Unos días de mayor dependencia del 3G pueden hacer que, incluso sin apenas ver vídeos o descargar música, consumas datos como si no hubiera mañana. El problema está en las webs que visitamos a diario.

Resulta que, actualmente, el tamaño medio de una página web es de más de 2 megabytes (2.099 KB, para ser exactos), medido en el millón de webs con más tráfico. Este tamaño medio se ha duplicado en los últimos 3-4 años y se ha multiplicado por 150 desde 1995. Es cierto que, al mismo tiempo, también han crecido la potencia de nuestros equipos, el ancho de banda que disfrutamos o la eficiencia de nuestros navegadores, pero no parece que esas mejoras estén compensando por completo el sobrepeso de las páginas webs: según Radware, el tiempo de carga medio de las 100 principales webs de retail a nivel mundial ha pasado de 7,1 segundos en 2012 a 10,4 segundos en la actualidad. Esto último medido en PCs, no en los cada vez más importantes dispositivos móviles, donde hay, además, una enorme diversidad de capacidades de rendimiento en función de la gama de la que hablemos.

El desglose del peso de esa “página web media” de 2 MB es llamativo: más de la mitad de ese peso (1.310 KB) corresponde a imágenes, con los scripts en segundo lugar (329 KB), el vídeo en tercero (227 KB), el CSS en cuarta posición (63 KB) y, finalmente, en último lugar, el pobre y humilde HTML, que sólo aporta 56 KB a la suma. Claramente, corren malos tiempos para el texto. Me pregunto si la forma de medir de HTTP Archive tiene en cuenta todo lo que esos scripts se descargan tras la carga inicial y de forma dinámica a medida que el usuario interactúa con la página. Apostaría algo a que no, porque eso no es fácil de conseguir por medio de bots. >> Seguir leyendo La web sufre de obesidad mórbida

Livingo, tienda online de muebles y decoración, ejemplo de la evolución del ecommerce
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El comercio electrónico no deja de cambiar y evolucionar

Si, hace 10 años, cuando estaba metido hasta las cejas en proyectos de comercio electrónico de varios de mis clientes, un viajero del tiempo me hubiera contado cómo iba a ser el panorama del ecommerce español, seguramente habría alucinado. Desde una perspectiva tecnológica y de diversidad de modelos de negocio, nos encontramos en un momento dulce, sin duda: plataformas ultra-potentes y muy flexibles capaces de sustentar los negocios más exigentes; opciones de código abierto que tienen poco o nada que envidiar al software propietario; herramientas de gestión de experiencia del cliente con las que no habríamos soñado nunca (como mi amado IBM Tealeaf); el auge del comercio móvil, con sus retos de inmediatez…

Sin embargo, no todo es bonito, ahora mismo. Si ya en la primera mitad de la década pasada era difícil sacar adelante un negocio de comercio electrónico, la dificultad actual se ha multiplicado varias veces: mucha mayor competencia, presencia de competidores de tamaño gigantesco, estándares de servicio muy elevados, incrementada exigencia del cliente, márgenes estrechísimos…. La demanda, muy superior a la de entonces, no basta para compensar las dificultades adicionales que han ido surgiendo. Desde luego, si alguien entra hoy en el comercio electrónico con una visión simplista e infantil (¡puedes vender sin tener que invertir en una tienda en la calle!), tan habitual entonces, lo único que conseguirá es quemar todo su dinero, muy rápidamente. Las calles del ecommerce son (muy) complicadas. Tengan cuidado ahí fuera. >> Seguir leyendo El comercio electrónico no deja de cambiar y evolucionar

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Análisis, por Simon Cunningham, en Flickr (11442295205), con licencia CC by
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¿Qué es el análisis pre-mortem?

Pocos profesionales están familiarizados con el término “análisis pre-mortem”. Es mucho más habitual en nuestro habla el término “post-mortem”, común en la práctica forense. Pero aquí no tratamos (sólo) de explicarnos por qué hemos fallado sino, en la medida de lo posible, anticiparnos a los riesgos y actuar para que no lleguen a producirse. Por eso, el análisis pre-mortem es útil en la gestión de proyectos.

Un análisis pre-mortem para identificar riesgos es sencillo de llevar a cabo. Es una técnica cercana al brainstorming pero, mientras que el brainstorming es caótico (y, en mi opinión, poco eficaz), el pre-mortem está dirigido y es mucho más eficaz. Consiste, básicamente, en colocarse en la situación de que el proyecto ha fracasado y, a modo de juego de rol, explicar las razones por las que se ha ido al garete. De esta forma, salen a la superficie muchas sensaciones que no siempre es fácil verbalizar “en frío” pero que, al colocarnos en la posición ficticia de que ya ha ocurrido todo, son sencillas de expresar y de explicar.

Para realizar un análisis pre-mortem, el equipo de proyecto (o el comité de riesgos o quienes sean más adecuados en cada caso) se reúnen. El jefe del proyecto (o el responsable de riesgos o quien corresponda) plantea la situación con una narrativa como, por ejemplo: >> Seguir leyendo ¿Qué es el análisis pre-mortem?

  • Imagen: Análisis, por Simon Cunningham, en Flickr (11442295205), con licencia CC by
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Gestión ágil de proyectos, por vfsdigitaldesign, en Flickr (5396094193), con licencia CC by
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Cómo renovar tu certificación PMP a partir de ahora

Como bien sabes, una vez que consigues tu certificación PMP esta tiene una validez de tres años. Para renovarla por otros tres años, has de cumplir una serie de requisitos que, recientemente, han sido modificados por el PMI.

En términos prácticos, esto significa que los requisitos para renovar el PMP han cambiado, aunque la variación es lo suficientemente leve como para que no haya que estar particularmente preocupado. Sí merece la pena ser consciente de qué ha cambiado para así saber si te afecta, planificar correctamente la renovación del PMP y familiarizarte con los conceptos nuevos.

¿Qué no ha cambiado?

La mayoría del programa de renovación permanece inalterado. Por ejemplo, para renovar el PMP sigues necesitando conseguir el mismo número de PDUs que antes (para el PMP, son 60 PDUs). Los PDUs o Unidades de Desarrollo Profesional, son la unidad en la que se miden los requisitos de recertificación. Un PDU equivale a una hora de actividad.

Además, sigue siendo posible renovar la certificación con una mezcla de PDUs de formación y de tiempo dedicado a “Giving Back to the Profession”, como el ejercicio de la profesión, voluntariado o creación de conocimiento sobre la gestión de proyectos. >> Seguir leyendo Cómo renovar tu certificación PMP a partir de ahora

  • Imagen: Gestión ágil de proyectos, por vfsdigitaldesign, en Flickr (5396094193), con licencia CC by
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