Me he puesto a dieta de redes sociales

Hace tres o cuatro semanas, decidí que se acabó.

Se acabó una costumbre que he ido desarrollando a lo largo de los últimos años y que me dificultaba concentrarme y aprovechar bien mi tiempo, tanto el de ocio como el de trabajo.

Esa costumbre consistía en llenar cualquier momento no específicamente ocupado por otra cosa con un vistazo a las redes sociales en las que tengo presencia.

Mandaba un email. Vistazo a las redes sociales.

Colgaba una llamada. Vistazo a las redes sociales.

Momento aburrido en la película. Vistazo a las redes sociales.

Momento de tranquilidad y placidez en la butaca. Vistazo a las redes sociales.

Momento cualquiera. Vistazo a las redes sociales.

Vistazo a las redes sociales. Vistazo a las redes sociales.

Así contado, quizá no parezca particularmente preocupante. Y, a ver, no nos engañemos: no estamos hablando de un problema grave de salud. Es, simplemente, una costumbre estúpida: demasiadas veces, me he descubierto abriendo una nueva pestaña de navegador y visitando Twitter o Facebook o LinkedIn para darme cuenta de que no había cambiado nada porque… no hacía más de 10 segundos desde mi visita anterior.

No he llegado a cuantificar cuántas veces a lo largo del día podía hacer el ciclo de “enciendo el teléfono, abro el navegador, voy a Facebook, miro las notificaciones, me muevo un poco por el timeline, cierro el navegador, abro la app de Twitter, me muevo un poco por el timeline, miro las notificaciones, cambio a la app de LinkedIn, miro las notificaciones, me muevo un poco por el timeline, apago el teléfono“.

Lo que sí sé es que me he descubierto cientos de veces haciendo ese ciclo pocos segundos después de haberlo terminado. O haciéndolo cinco veces seguidas, de manera completamente irreflexiva. O no recordando nada de lo que había visto porque, en realidad, no le estaba prestando ninguna atención.

Ayer, leí este artículo de Gemma Goldie en el que se pregunta si es posible usar las redes sociales de forma constructiva. Justo eso es lo que yo no estaba haciendo y leer a Gemma me animó a escribir esto.

No es un problema de tiempo, sino de frecuencia

Lo que me ha llegado a suponer un problema no es la cantidad de tiempo que se me podía ir en las redes sociales. En realidad, no era tanto. Ni ahora es mucho menos. De hecho, hay un tiempo mínimo que le tengo que dedicar por cuestiones profesionales y semi-profesionales que no se va a reducir nunca.

Y sigo disfrutando de un buen rato de Facebook o de Twitter, sin problema. Quizá, hasta lo disfruto más que antes, diría yo.

Además, y para que quede claro, nada de esto es una crítica a las redes sociales como concepto. Me encantan y me siguen encantando. Pero algunas de sus características (la inmediatez, las notificaciones, la variedad de contenidos…) las hacen buenas candidatas a generar comportamientos que me atrevo a llamar perjudiciales. Y si le sumas el “factor móvil”, es una bomba.

Cómo lo estoy haciendo

Como no es un problema nuevo, a lo largo de los años, he pasado por distintas fases en mis intentos por ponerle coto.

Hace ya mucho tiempo que, por ejemplo, me desinstalé la app de Facebook del teléfono, para obligarme a acceder a través del navegador,  añadiendo fricción y “degradando la experiencia de uso”. En poco tiempo, interioricé los gestos de abrir el navegador y llegar a Facebook, así que el efecto no ha sido muy notable.

Más recientemente, hará como seis meses, desactivé las notificaciones de casi todas las demás apps, como WhatsApp, el correo, Twitter, etc. Esto es una bendición, amigas. Las cosas realmente urgentes siguen llegándome como llegan las cosas realmente urgentes: por medio de una llamada. Lo demás queda ahí, a la espera de que llegue el momento adecuado para entrar a ver si hay alguna novedad. Que puede no ser más que unos pocos minutos después de recibirlo, pero es cuando yo he elegido que sea.

Lo importante aquí es que la notificación no me interrumpe en un momento aleatorio y no sirve para recordarme “hola, soy tu teléfono y estoy aquí para que me prestes TODA tu atención“.

Sin embargo, esos avances no estaban siendo suficiente, así que en las últimas semanas he tomado una decisión drástica: he empezado a usar Freedom, una app que me permite cortar el acceso a distracciones tanto en el móvil como en el ordenador de escritorio.

En el móvil, he sido bastante radical: he configurado Freedom para que me impida entrar a las redes sociales desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche.

En el ordenador, el esquema es algo más laxo, con bloqueos de nueve de la mañana a dos de la tarde y de tres a ocho, sólo los días de diario. El fin de semana, sin restricciones.

Además, en el ordenador no he activado el modo que te impide parar la aplicación con facilidad, porque a menudo necesito saltarme mis propias restricciones por trabajo o porque, sencillamente, me apetece: recuerda que mi problema no es de tiempo, sino de frecuencia, así que no me importa tomarme un café relajadamente a media mañana y entrar a Twitter a ver qué se cuece.

Esa es la configuración periódica y automática, pero Freedom también permite iniciar sesiones “al vuelo”, según tus necesidades. Así que a menudo me hago sesiones de veinte minutos sin conectividad alguna, para concentrarme en leer o escribir algún documento.

Además de Freedom, estoy usando RescueTime.  No es la primera vez que lo uso y, sinceramente, no me resulta tan útil para esto de evitar la compulsividad: su principal utilidad es la de medir y clasificar a qué dedicas el tiempo.

Aunque RescueTime tiene la capacidad de iniciar sesiones de “Focus Time”, no suelo usarlas, porque eso ya me lo resuelve Freedom. Lo uso, registro el tiempo que dedico a cada cosa, personalizo la clasificación de cada elemento… pero tampoco es que lo que me dice me resulte demasiado revelador: sé bien a qué dedico el tiempo. Ese no es mi problema. Además, no funciona en iOS, así que no me sirve para la principal fuente de distracciones.

Cómo va la cosa

Diría que la cosa va bastante bien.

Por supuesto, la comprobación compulsiva de las redes sociales en el móvil se ha terminado porque, sencillamente, están bloqueadas la mayor parte del día.

Sin embargo, aún me ocurre que, a pesar de que conscientemente sé que no sirve de nada, de forma completamente refleja e inconsciente abro una pestaña de navegador y escribo los primeros caracteres de la URL de alguna red social, sólo para estamparme contra la página de bloqueo de Freedom. Y lo mismo en el móvil. Pero lo que al principio podían ser más de una docena de veces cada día, ahora apenas son una o dos, así que el ritmo va bajando, muchísimo.

Poco a poco, me doy cuenta de que paso cada vez más tiempo lejos del móvil. Sin apenas notificaciones y sin poder acceder a esas inútiles micro-dosis de redes sociales, el uso que hago de él es ahora mucho más cabal.

He llegado a terminar el día con un 55% de batería, algo inaudito hace un mes.

Un cambio a mejor: recuperando el formato largo

Como consecuencia de abandonar el uso improductivo e irreflexivo de las redes sociales, está aumentando mucho mi consumo de contenidos de formato largo.

De pronto, me he dado cuenta de que estoy volviendo a usar cosas que tenía medio aparcadas, como Feedly, el lector de RSS, o Medium, donde hacía tiempo que no entraba de forma habitual. También, leo la prensa más en profundidad. Hasta he recuperado el iPad, para leer mejor, que lo tenía muy abandonado.

Incluso, atención, me he descubierto saltando de blog en blog, siguiendo los vínculos, cosa que llevaba muchos años sin hacer, desde que las redes se adueñaron (en mi cabeza) de la función de descubrimiento de contenidos.

Paradójicamente, en las últimas semanas he compartido más contenidos en las redes sociales que de costumbre, porque me he visto expuesto a mucho más contenido de calidad al que he prestado más atención. Habré hecho menos retuits, seguro, pero he compartido más cosas interesantes “desde cero”.

Podríamos pensar que el resultado neto de todo esto es la mera sustitución del tiempo que antes invertía en redes sociales por tiempo invertido en otros sitios, como Medium o Feedly, pero no es exactamente así.

Principalmente porque, como ya he dicho varias veces, mi problema no era el  tiempo dedicado a las redes sociales, sino porque visitarlas se había convertido en un mero reflejo que repetía de forma compulsiva sin prácticamente prestarle atención. Es decir, mi objetivo no era liberar ese tiempo para dedicarlo a, yo qué sé, aprender a montar en avestruz, sino dejar de hacer esos gestos que no me aportaban nada.

Dicho de otra forma: no me importa dedicar (me invento las cifras) media hora seguida a leer blogs interesantes; lo que me preocupaba era dedicar media hora a mirar Twitter, pero media hora dividida en sesenta impulsos de medio minuto.

Esa es la hipotética media hora que he ganado pero, sobre todo, he ganado la “energía de atención” que no se me va en esos sesenta impulsos vacíos de contenido.

Y esa capacidad de concentración recuperada es la que me permite volver a disfrutar de los blogs o de largos artículos de opinión.

Quién sabe: si sigo así, quizá incluso vuelva a escribir aquí más a menudo.

 

2 comentarios

  1. Pues voy a tener que probar, digo yo.

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