Si has pasado estos días en una cueva (o te has ido de puente), te habrá pasado inadvertida la última locura del mundillo blockchain: los cripto-gatitos. Se trata de un juego, CryptoKitties, en el que puedes criar y comprar personajes con forma de adorables gatitos, cada uno de ellos único.

La particularidad del juego es que está basado en blockchain, concretamente en la plataforma Ethereum, lo que le otorga unas ciertas características tan peculiares como difícilmente apreciables por quien “juegue”.

Aunque no se puede hablar de adopción masiva, el juego ha surgido en un momento en el que cualquier cosa que suene a “Bitcoin” va a recibir atención… y dinero. Se habla incluso de alguna venta de gatito que ha alcanzado los ciento y pico mil dólares, aunque eso significa más bien poco sobre el potencial del juego y mucho sobre lo fácil que es usar estas plataformas para llevar a cabo transacciones… turbias.

Por cierto, coincido con Bruce Schneier (y muchos otros) en que usar el prefijo cripto- para estas cosas (ya sean gatos o monedas) carece de sentido: la criptografía no es, ni mucho menos, la característica más relevante y que mejor define a esta tecnología. La tecnología criptográfica utilizada en estas cosas está comoditizada desde hace ya muchos años. Para que conste en acta: no es que esto me parezca relevante desde la perspectiva de “las cosas se han de llamar como se han de llamar”, sino desde la perspectiva “si crees que esto va de criptografía, es que no has entendido nada”.

Y, como cualquier iniciativa basada en blockchain, en cuanto el tema de los gatitos se hizo mínimamente popular (repito, no masivo, sólo popular), llegaron los problemas de escalabilidad. En un genial ejercicio de gestión de la demanda, los creadores del juego duplicaron (edito: y luego volvieron a multiplicar por 7,5x) el precio de los nuevos gatitos para reducir la congestión del sistema.

Lo que podemos aprender de los gatitos

Esos problemas de escalabilidad no se deben a una implementación defectuosa, sino que son consustanciales con el propio concepto de blockchain: simplificando mucho, cada transacción realizada se tiene que propagar por la red para asegurar su consistencia e inmutabilidad así que, a medida que aumenta el tamaño de la red, aumenta el tiempo necesario para llevar a cabo cada transacción. Si, además del número de participantes, cada uno de ellos realiza más transacciones, el efecto se multiplica.

Una consecuencia de lo anterior es el brutal consumo energético de toda esta historia. Se habla mucho del consumo energético del minado de nuevos Bitcoins (la emisión de moneda, que requiere de cantidades enormes de cálculos), que ya se estima cercano al de un país como Dinamarca. Sin embargo, ahora mismo es imposible cuantificar el consumo total de las distintas plataformas blockchain en las que se está especulando con las monedas ya existentes. Lo más probable es que también sea enorme.

Así que hay unas “monedas” (y, también, dibujos de gatitos) basadas en una tecnología que no escala, con características que sus usuarios no valoran per se, caracterizadas por un nombre que lleva a engaño con respecto a su naturaleza y que consumen toda esa energía que intentamos ahorrar en otros ámbitos… pero cuyas cotizaciones no dejan de batir récords (justo mientras escribo, Bitcoin se ha dado un buen batacazo hasta casi los 13.000 dólares, pero ha llegado a rozar los 17.000 hace sólo unos días; a saber a cuánto está cuando leas esto).

¿Cómo puede ser esto así? Porque lo que tenemos delante no es una elegante solución tecnológica para este problema (atención: sí para otros), ni un vehículo de inversión financiera. En una demostración más de la irracionalidad de las decisiones económicas del ser humano, lo que tenemos delante es un esquema piramidal que seguirá creciendo mientras sigan entrando nuevos especuladores al sistema.

A diferencia de los esquemas piramidales al uso, este que tenemos aquí tiene unas nuevas características que lo hacen muy potente. Por ejemplo, te ahorra el engorroso paso de convencer en directo a tus cuñados y compañeros de trabajo de que te den a ti su dinero para que tú lo introduzcas en el sistema.

Tampoco eres tú, sino una abstracción difusa, quien se responsabiliza de que ellos recuperen su inversión e incluso ganen dinero con ella. Pero, en última instancia, si entras en esto hoy, la única forma de que tú ganes dinero es que el flujo de pardillos en el sistema siga aumentando y que nadie grite que el emperador va desnudo. Si te sales a tiempo, los pardillos serán los otros. Si no, te unirás a los pardillos.

Además, alrededor de Bitcoin y de la tecnología blockchain ha surgido lo que me atrevo a llamar una cuasi-religión que ensalza sus características y potencialidades hasta prometernos un cambio de era. Eso ayuda a crear la sensación de que, cuando metes pasta en estas cosas, no estás metiendo dinero en un sistema de volatilidad extrema carente de controles y sujeto a movimientos impredecibles, sino que estás construyendo el futuro. No eres un simple especulador de los que compran futuros sobre el trigo en Chicago, sino un visionario. No hay color.

Que no se me malinterprete: se puede ganar dinero con Bitcoin o con las demás monedas. Mucha gente se está forrando. Y especular con Bitcoins no es muy distinto de especular sobre, por ejemplo, el precio del oro (que depende bien poco de la producción de oro y mucho de otros factores completamente ajenos al metal en cuestión). Además, el desarrollo y evolución futuros de estos temas es algo apasionante. Pero, si te metes hoy en estas cosas, debes entender que te mueves en esa frontera, fina y difusa, que separa al inversor del apostador.

Si te acabas haciendo pupa, no vengas aquí a llorar.

 

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