Ventajas y desventajas de usar Jetpack en WordPress

Quienes visitan este blog con una cierta frecuencia (y eso, cada vez es menos gente, porque la fidelidad a los blogs ha caído brutalmente en la última década) se darían cuenta hace unos meses de un importante rediseño que le di.

Esto, en realidad, no es ninguna novedad: este blog existe, con distintas orientaciones y contenidos, desde el año 2000, así que ha pasado por multitud de etapas distintas. Sólo dos cosas se han mantenido constantes: mi nombre de dominio y, salvo al principio, el uso de wordpress.org, es decir, la versión de código abierto y auto hospedada de WordPress.

Con tantas idas y venidas a lo largo de casi 20 años, he probado un número enorme de plugins de WordPress. Enorme. A algunos de ellos, les he dado oportunidades en varias ocasiones: son aquellos que te ofrecen cosas interesantes pero que tienen otras que te echan para atrás y que, cuando pasa un tiempo, me animo a volver a probar.

Jetpack (aquí, su web oficial) es uno de esos plugins que he probado mil veces (y que, debo reconocerlo, siempre acabo desinstalando pasadas unas pocas semanas) para ir viendo su evolución.

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¿Somos realmente libres cuando damos nuestros datos en Internet?

El martes pasado, asistí en Campus Madrid de Google for Startups a la presentación del Observatorio del Impacto Social y Ético de la Inteligencia Artificial (OdiseIA).

Durante la mesa de debate que se organizó tras las conferencias iniciales, me chocó bastante una idea que se repitió en al menos un par de ocasiones: que los usuarios renunciamos con mucha facilidad a nuestra privacidad a cambio de comodidad, a cambio de que esas aplicaciones y servicios nos hagan la vida más fácil, todo esto propiciado, además, por la pasividad y la falta de cultura.

La idea de que regalamos nuestros datos a cambio de comodidad y por pasividad ha sido recogida por la mayoría de los medios que cubrieron el acto, como en este ejemplo de Cinco Días

A simple vista, es una idea fácil de comprar. Sin embargo, me pregunto si verdaderamente es así.

¿Damos voluntariamente nuestros datos personales y abrimos muchos otros rincones de nuestra privacidad solo a cambio de comodidad? ¿El problema es nuestra pasividad? ¿O nuestra falta de cultura sobre privacidad?

¿O acaso los grandes recopiladores de información invierten ingentes cantidades de esfuerzo y de dinero en lograr que les demos nuestros datos?

¿Damos nuestros datos por pasividad o existe por parte de terceros una voluntad activa e incesante para lograr que bajemos la guardia?

¿Falta tanta cultura sobre privacidad o sobra tanto esfuerzo para hacer opaco lo que ocurre con nuestros datos una vez que le damos al botoncito de «acepto las cookies»?

Es demasiado inocente pensar que es libre e informado (o, peor aún, que es fruto exclusivo de la ignorancia y la pasividad) el nivel de renuncia a nuestra privacidad en la que incurrimos, por ejemplo, cuando descargamos una app y aceptamos sus términos y condiciones y le damos permisos sobre nuestro dispositivo.

Para empezar, porque los desarrolladores de esa app han dedicado mucho tiempo, esfuerzo y dinero en llegar a ti, en estar por delante de la competencia y en seducirte. Han aplicado técnicas y métodos que los profesionales del marketing y de los datos llevamos décadas mejorando y afinando. Cuentan con software, con datos, con expertos, para lograr que tengas la sensación de que descargarte esa app es lo que debes hacer ahora en tu vida.

Y una vez que tus datos son generados, recopilados, transmitidos, almacenados, agregados y explotados, pierdes por completo el control sobre ellos. Y esto, una vez más, no es mero fruto de la casualidad: es producto de un esfuerzo dirigido por cada vez más actores para lograr que esa opacidad siga estando acompañada de impunidad.

Si cualquiera de nosotros tuviéramos el presupuesto en abogados y lobbies de las grandes redes sociales, seguro que tendríamos nuestros datos mejor protegidos.

No es cuestión de pasividad, es cuestión de asimetría.

Síndrome postvacacional

La vuelta a la actividad laboral después del verano trae, año tras año, la cansina repetición de una dinámica, ya un patrón, en las redes sociales.

Todo comienza con personas que manifiestan su descontento con tener que volver al curro tras las vacaciones.

Habitualmente, estas quejas despiertan a su alrededor un coro de voces solidarias, unidas por el dolor que les causa la ausencia del olor a mar, la lejanía de la paella o el arrepentimiento por no haber llegado a visitar aquella pequeña aldea, cuyo evocador nombre apenas se distinguía en aquella señal desvencijada, porque les apartaba de la ruta principal de su viaje.

Hasta aquí, todo fluye con suavidad. Nos abrazamos virtualmente mediante la queja amarga por la lejanía de lo vivido. Nos damos palmaditas digitales en la espalda y nos animamos a mirar con esperanza hacia el año que viene, sabedores de que el camino es largo y lleno de piedras, pero también de que el verano siempre acaba volviendo.

Sin embargo, las dos piezas anteriores, enunciación y coro, suelen venir acompañados de una tercera, mucho menos armoniosa. El Grinch de septiembre.

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Nostalgia de otros tiempos

Hace unos días, me descubrí haciéndome esta pregunta: «¿cuándo fue la última vez que puse un vínculo a otro blog personal en algún artículo?«

Y la verdad es que no supe contestarme. Hace mucho, mucho.

Supongo que es normal pasar por momentos de nostalgia por los tiempos pasados. Pues a mí, estos días, me ha dado por echar de menos aquellos primeros años de «la web 2.0».

Sí, he dicho «web 2.0». ¿A que llevabas años sin oírlo?

Me refiero, por supuesto, a los tiempos previos a la hegemonía de Facebook, Twitter y un par más. Cuando los reyes de Internet eran Blogger y WordPress.com

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Tu casa en Google Street View: ¿un dato a proteger?

Un paper publicado por una investigadora de la universidad de Varsovia y otro de Stanford (ficha en Arxiv y enlace al PDF) estudia la correlación entre el estado de conservación de tu casa y tu riesgo, desde la perspectiva de una aseguradora de automóvil.

La principal conclusión del estudio es que, efectivamente, los datos relacionados con el estado de conservación de la vivienda mejoran la capacidad predictiva del modelo.

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Qué es la privacidad diferencial

La privacidad diferencial es un conjunto de técnicas que permiten que recopilemos y compartamos datos con la «garantía matemática» de que las personas que proporcionaron esos datos no se van a ver afectadas en modo alguno.

En el terreno del Customer Analytics, la privacidad diferencial nos permite entrenar modelos con datos de clientes con la tranquilidad de que el modelo no va a aprender ni a recordar detalles de ningún cliente específico.

Podemos prometer a cada cliente que sus datos concretos no serán revelados, incluso aunque se combinen con otros conjuntos de datos. Esa promesa no es un simple compromiso de marketing o legal, sino que se basa en los fundamentos matemáticos sobre los que se sustenta la privacidad diferencial.

Cómo funciona la privacidad diferencial

Para proteger los datos sensibles de cada sujeto, cuando se lance una consulta a un sistema que incorpore la privacidad diferencial, este modificará el resultado de la consulta añadiéndole nuevos datos (ruido) extraídos aleatoriamente de una distribución generada a partir de los datos originales.

Así, un conjunto de datos que incorpore este concepto al que preguntemos algo como «¿cuántos clientes que nos llamaron ayer tienen un saldo en cuenta superior a 100.000 euros?» no nos devolverá la cifra exacta y real, sino un número cercano a ella resultante de sumarle un valor (positivo o negativo).

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