No me considero un fanático del Partido Popular. Es cierto que mantengo dos discursos diferentes en función de si estoy con gente a la que es posible convencer de las bondades del PP, en cuyo caso defiendo a rajatabla las tesis oficiales del partido, o se trata de gente que ya está convencida o que nunca se convencerá, en cuyo caso hablo con absoluta libertad acerca de lo mal que me parecen ciertas cosas del PP. Hoy y, posiblemente, mañana, voy a hablar desde esta segunda perspectiva, independientemente de quién vaya a leer esto. Me dispongo a enumerar los principales motivos por los que, el próximo domingo, votaré al PP con la intención de conseguir que los socialistas de Zapatero salgan de la Moncloa -con esta frase, anticipo el núcleo del artículo que escribiré mañana-.
Soy un ferviente defensor de la igualdad ante la Ley, mientras que Zapatero y su partido abogan por la igualdad mediante la Ley, que sólo puede conseguirse recortando la libertad y perjudicando los derechos de terceros.
Zapatero afronta todo lo que hace desde la perspectiva de "salvador del mundo" y plasma esa actitud en la mera promulgación de leyes. No reconozco la capacidad de cambiar el mundo ni a los políticos ni a las leyes, sino al trabajo diario y bienintencionado de un gran número de personas, políticos incluidos, por lo que me produce rechazo que alguien me intente convencer de que él solito lo va a resolver todo con dos leyes.
Zapatero ha conseguido difundir la consigna de que el PP es de "extrema derecha", lo que no sólo es un insulto sino que, además, es radicalmente falso.
Zapatero no ha sido capaz de rodearse de un equipo de profesionales eficaces. Desde la incapaz Trujillo hasta el supuesto investigador Soria, cuyo CV está más que en entredicho, su equipo se ha caracterizado por estar formado principalmente por propagandistas y por "gente de carácter", no por gestores eficaces. Solbes era la única esperanza en ese grupo, pero no ha demostrado en ningún momento tener interés por imponer sus tesis económicas sobre las ocurrencias populistas de sus compañeros de equipo.
Zapatero prometió "volver al corazón de Europa" y, de momento, lo único que ha conseguido ha sido enemistarnos con los gobiernos de Francia, Alemania, Holanda, Italia y Polonia, además de los ya sabidos Estados Unidos y Reino Unido. Zapatero y su equipo de exteriores confundieron a los gobernantes del momento en Francia y Alemania con "Europa" e hicieron mal los cálculos sobre sus posibilidades electorales, con lo que al cambiar esos dos gobiernos (por la voluntad de sus ciudadanos, por cierto) se quedaron sin sitio al que "volver".
Zapatero sacó las tropas de Irak de forma precipitada, justo antes de que la ONU amparase la presencia de tropas extranjeras y diese forma y legitimidad al nuevo gobierno iraquí, con lo que demostró que no le importaba tanto lo que la ONU dijera (Bono llegó a calificar la resolución como "ficción") como el gesto que quería hacer. La pérdida de credibilidad como aliado del gobierno de Zapatero, que no de España, nos está costando a los españoles ser ninguneados en todos los foros internacionales.
Si los gobiernos de las primeras potencias económicas occidentales no quieren reunirse contigo pero recibes el apoyo de Castro, Chávez y Evo Morales, no mereces mi voto para presidir el gobierno de un país que debería aspirar a ser como Francia o el Reino Unido, no como Bolivia.
Soy liberal, creo en el gobierno mínimo o casi inexistente, mientras que Zapatero es intervencionista y socialista, es decir, diametralmente opuesto a la visión que tengo de cómo debería ser el mundo.