Vandalismo navideño

IMAGE_00298Es curioso: mientras en España nos preocupa tanto el control de las armas y criticamos a otros países, sobre todo Estados Unidos, por la sobreabundancia de pistolas, rifles y demás en las calles, a nadie parece preocuparle en exceso el que, llegada la temporada de Navidad y Año Nuevo, miles de imberbes adolescentes y de adultos que sólo lo son en el DNI se echen a la calle armados con fuegos artificiales que bien podrían calificarse de armas de guerra. Acompañan a estas letras unas fotillos que ilustran el estado en que quedó ayer una ventana en casa de mis suegros después del impacto y la explosión de un cohete lanzado desde el parque de enfrente. Resultado: toldo, persiana y doble cristal destrozados. Por cierto, no, mis suegros no viven en Bagdad, viven en Madrid.

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Felicitaciones de Navidad poco afortunadas

En los últimos días, tanto en mi correo personal como en el profesional, he recibido una serie (no menos de seis, que pueda enumerar de memoria) de mensajes con cálidas y afectuosas felicitaciones navideñas con dos características comunes: 1) provienen de empresas de la industria informática de las que soy cliente -de una forma u otra- y 2) muestran en la línea “Para” las direcciones de correo electrónico de los destinatarios, que son varios cientos en todos los casos y en los que es perfectamente identificable el nombre completo, dirección de correo electrónico y empresa para la que trabajan (o, mejor dicho, trabajamos).

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De Solbes, el conejo y por qué suben los precios

Los socialistas de todos los partidos tienen por costumbre considerar al ciudadano como un ser estúpido, carente de razón, que necesita de los políticos y sus leyes para sobrevivir pues, de lo contrario, su libre albedrío sólo le traería consecuencias nefastas. En cierto modo, coincido con esa visión del ciudadano normal como un ser bastante tonto, pero no por ello pienso que deban llegar los políticos a “salvarnos” sino que, más bien al contrario, pienso que se nos debe dejar toda la libertad del mundo para equivocarnos y asumir las consecuencias de nuestros errores, pues sólo así se puede confiar en que algunos tontos aprenderemos y, la próxima vez, no nos volveremos a equivocar.

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