Doble rasero: fútbol vs. Internet

Me hago eco de la idea expresada por Fonseca en su blog: si cualquier cosa que ocurriera en Internet provocara un muerto, 26 heridos, 165 agresiones, 58 accidentes de tráfico, 94 incendios y 47 intoxicaciones etílicas, todo ello sólo en la Comunidad de Madrid, al día siguiente nos encontraríamos con una ley que obligaría a los ISPs a guardar los datos de conexión a Internet de todos los europeos  con europarlamentarios pidiendo la identificación de todos los bloggers y cosas así. Ah, no, espera, que esas dos cosas ya han ocurrido (y sin necesidad de muertos). Y sólo son un par de ejemplos.

¿Para cuándo una ley que obligue a inscribirse en un registro a todos los aficionados al fútbol? ¿Para cuándo la obligación de dejar constancia de la presencia de uno en una algarada alrededor de Cibeles? ¿Para cuándo una unidad de la Guardia Civil dedicada a los “delitos futbolísticos? ¿Qué tal una fiscalía especial de delitos del fútbol? Nunca ocurrirá. El motivo es muy simple: el fútbol mantiene entretenidos a los votantes. Internet les da acceso a la información. Desde la perspectiva del político, está claro cuál de las dos áreas hay que mantener férreamente controlada.

El regreso de los piratas berberiscos

Esqueleto pirata en Disneyland, cortesía de Ack Ook, vía Flickr, mediante una licencia CC by-sa Hago mal en titular este post con la palabra "regreso", porque eso podría indicar que, en algún momento, dejaron de existir los famosos piratas berberiscos que hacían la vida imposible a los europeos (y a los africanos) en todo el Mediterráneo. En cualquier caso, el asunto es que, según cuenta ABC en una semi-oculta noticia, una familia de Gran Canaria vive en la angustia desde hace varios días porque piensa que el cabeza de familia, José Quevedo, ha sido secuestrado junto con el capitán que le acompañaba en su velero recién comprado, mientras navegaban de vuelta a casa desde la Península. Las pistas apuntan a que se encuentran retenidos por marroquíes en la ciudad de El Jadida.

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Delincuentes estúpidos

¿Llevarías a arreglar una picadora de carne por la que asomase una mano humana? ¿Lucirías por la calle un collar hecho con las orejas de tus víctimas? ¿Llevarías a arreglar a una tienda de informática un ordenador rebosante de fotos de pornografía infantill? Si has contestado sí a cualquiera de estas preguntas, eres un degenerado y un gilipollas. Tranquilo, no estás solo en el mundo.

Libertad, privacidad y desequilibrio de poder

A todos nos resulta familiar la típica escena de cualquier película policíaca en la que, al comenzar un interrogatorio, el policía saca una grabadora y la pone en marcha. No nos sorprende, además, que el policía pare la grabadora en algún momento del interrogatorio para decirle al sospechoso algo que no quiere que quede grabado. ¿Qué pasaría si, al empezar el interrogatorio, el detenido también sacara su propia grabadora para grabar todo lo que se diga y también tuviera derecho a elegir qué partes no se deben grabar? Sobre estos temas trata el artículo más reciente del blog de Bruce Schneier, también publicado en Wired. Schneier plantea el desequilibrio de poder que existe entre la Burocracia y el ciudadano corriente y cómo ese desequilibrio no se corrige con meras medidas políticas de transparencia.

Me parece especialmente destacable este párrafo:

Cameras make sense when trained on police, and in offices where lawmakers meet with lobbyists, and wherever government officials wield power over the people. Open-government laws, giving the public access to government records and meetings of governmental bodies, also make sense. These all foster liberty.

Mi traducción:

Las cámaras son útiles cuando se las prueba primero con la policía, así como en los despachos donde los políticos se reúnen con los grupos de presión y allá donde los burócratas ejercen poder sobre la gente. Las leyes de transparencia de la administración que conceden acceso público a los registros del gobierno y las reuniones de las entidades gubernamentales también tienen utilidad. Todas ellas promueven la libertad.

Por cierto, en mi próximo viaje a Texas me compraré su libro Beyond Fear.



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