En las temporaditas que estoy teniendo que pasar últimamente en Estados Unidos, he tenido oportunidad de comprobar un fenómeno que, como español, me resulta verdaderamente extraño y envidiable: la naturalidad con la que los ciudadanos de a pie exhiben con orgullo sus ideas polÃticas y el apoyo a un partido y/o candidato. Viviendo en un paÃs en el que ser conocido por militar en un partido puede hacer que tus vecinos no te hablen o te miren con recelo (y eso en Madrid, en el PaÃs Vasco puedes acabar muerto) y que la gran mayorÃa de los afiliados de los grandes partidos lo son en la más estricta intimidad, sorprende cruzar cualquier barrio de cualquier ciudad y encontrar decenas de casas cuyo jardÃn delantero está decorado con una pancarta -en algunos casos, enorme- de apoyo a un partido o, actualmente, a alguno de los candidatos de las primarias demócratas. Un alto porcentaje de coches exhiben pegatinas de apoyo a un candidato a gobernador, fiscal del distrito, alcalde o presidente, sin miedo a que alguien decida romperle las lunas. Igualito, igualito que aquÃ.
Cuanto menos normalizada está la participación de los ciudadanos en la vida polÃtica, más alejados estamos de los polÃticos, lo que tiene como consecuencia directa e inevitable el asentamiento de una oligocracia que mira a los ciudadanos desde las alturas y nos considera poco más que ganado al que hay que dirigir y, cuando estima necesario, sacrificar.
La transparencia en la financiación de los partidos políticos es esencial. Creo que todo el mundo estará de acuerdo con eso. Sin embargo, son varias las vías por las que es posible llegar a la transparencia y no todas me satisfacen de igual manera. Digo esto en relación con la iniciativa Change Congress, promovida por Lawrence Lessig, a la que he llegado a través de esta entrada del blog de Enrique Dans y con la que no puedo estar de acuerdo.