El pasado 25 de diciembre, un niño de papá nigeriano metido a siervo de Alá por la vÃa rápida intentó volar un avión en su aproximación al aeropuerto de Detroit. El dispositivo utilizado fue definido inicialmente como artesanal e incendiario, para acabar siendo considerado muy sofisticado y potente. En cualquier caso, el único resultado directo es que el protomártir islámico acabó con la entrepierna socarrada y que las medidas de seguridad en los aeropuertos van a ver un nuevo impulso. Repasemos lo que sabemos sobre este atentado para ver si encontramos algún patrón en todo ello:
En los últimos meses o años, Yemen se ha convertido en el lugar del mundo con mayor número de aviones espÃa no tripulados, infiltrados de todos los servicios de espionaje occidentales, micrófonos, miembros de las fuerzas especiales americanas y británicas y agentes de la CIA. Todo este macro-despliegue de intelligence gathering sirvió para que, antes de que el nigeriano iniciara su viaje a EEUU, los servicios de inteligencia americanos supieran con suficiente certeza y detalles que algo se estaba cociendo.
Todo eso habÃa provocado que el tipo en cuestión fuera incluido en una lista de personas relacionadas con el terrorismo. Resulta que esa lista no es la lista que hace que te impidan volar (la no-fly list). Analicemos esto: hay dos listas; en una de ellas, entras por estar relacionado con el terrorismo, pero puedes volar; en la otra, entras por estar relacionado con el terrorismo y no puedes volar.
El Reino Unido habÃa denegado un visado de entrada al terrorista por haber incluido información falsa en su solicitud.
El dispositivo que llevaba adosado al cuerpo el nigeriano podrÃa haber sido detectado con un simple cacheo (una nota al margen: a mà me cachean en más del 70% de las ocasiones en las que paso por un aeropuerto. O soy muy sospechoso, o muy atractivo.)
La semana pasada, se organizó un buen revuelo con las palabras de Eric Schmidt, CEO de Google, sobre la necesidad de aceptar el hecho de que si haces algo que, de hacerse público, podrÃa ocasionarte problemas, lo mejor que puedes hacer es no hacerlo en absoluto. Lo que dijo fue:
I think judgment matters. If you have something that you don’t want anyone to know, maybe you shouldn’t be doing it in the first place. If you really need that kind of privacy, the reality is that search engines — including Google — do retain this information for some time and it’s important, for example, that we are all subject in the United States to the Patriot Act and it is possible that all that information could be made available to the authorities.
Privacy protects us from abuses by those in power, even if we’re doing nothing wrong at the time of surveillance.
We do nothing wrong when we make love or go to the bathroom. We are not deliberately hiding anything when we seek out private places for reflection or conversation. We keep private journals, sing in the privacy of the shower, and write letters to secret lovers and then burn them. Privacy is a basic human need.
[...]
For if we are observed in all matters, we are constantly under threat of correction, judgment, criticism, even plagiarism of our own uniqueness. We become children, fettered under watchful eyes, constantly fearful that — either now or in the uncertain future — patterns we leave behind will be brought back to implicate us, by whatever authority has now become focused upon our once-private and innocent acts. We lose our individuality, because everything we do is observable and recordable.
Hace un par de años, tuve la oportunidad de interactuar, por motivos de trabajo, con un consultor que, en su tiempo libre, formaba parte del equipo de campaña de Barack Obama en Austin, Texas. Culto, medido e inteligente, su exposición de las principales diferencias ideológicas entre Demócratas y Republicanos, particularmente las relacionadas con la war on terror, me permitió comprender con profundidad el abismo que separaba a los dos principales partidos estadounidenses de la mayor parte de los polÃticos europeos. Una magnÃfica experiencia intelectual.
I face the world as it is, and cannot stand idle in the face of threats to the American people. For make no mistake: evil does exist in the world. A non-violent movement could not have halted Hitler’s armies. Negotiations cannot convince al Qaeda’s leaders to lay down their arms. To say that force is sometimes necessary is not a call to cynicism – it is a recognition of history; the imperfections of man and the limits of reason.
I raise this point because in many countries there is a deep ambivalence about military action today, no matter the cause. At times, this is joined by a reflexive suspicion of America, the world’s sole military superpower.
Yet the world must remember that it was not simply international institutions – not just treaties and declarations – that brought stability to a post-World War II world. Whatever mistakes we have made, the plain fact is this: the United States of America has helped underwrite global security for more than six decades with the blood of our citizens and the strength of our arms. The service and sacrifice of our men and women in uniform has promoted peace and prosperity from Germany to Korea, and enabled democracy to take hold in places like the Balkans. We have borne this burden not because we seek to impose our will. We have done so out of enlightened self-interest – because we seek a better future for our children and grandchildren, and we believe that their lives will be better if other peoples’ children and grandchildren can live in freedom and prosperity.
So yes, the instruments of war do have a role to play in preserving the peace. And yet this truth must coexist with another – that no matter how justified, war promises human tragedy. The soldier’s courage and sacrifice is full of glory, expressing devotion to country, to cause and to comrades in arms. But war itself is never glorious, and we must never trumpet it as such.
Puestos a que la polÃtica sea zafia, mucho mejor si, al menos, la zafiedad va de la mano de algo de creatividad. Atención a la carta enviada por la oficina del Gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, al Parlamento estatal. Busquen el mensaje secreto:
En las temporaditas que estoy teniendo que pasar últimamente en Estados Unidos, he tenido oportunidad de comprobar un fenómeno que, como español, me resulta verdaderamente extraño y envidiable: la naturalidad con la que los ciudadanos de a pie exhiben con orgullo sus ideas polÃticas y el apoyo a un partido y/o candidato. Viviendo en un paÃs en el que ser conocido por militar en un partido puede hacer que tus vecinos no te hablen o te miren con recelo (y eso en Madrid, en el PaÃs Vasco puedes acabar muerto) y que la gran mayorÃa de los afiliados de los grandes partidos lo son en la más estricta intimidad, sorprende cruzar cualquier barrio de cualquier ciudad y encontrar decenas de casas cuyo jardÃn delantero está decorado con una pancarta -en algunos casos, enorme- de apoyo a un partido o, actualmente, a alguno de los candidatos de las primarias demócratas. Un alto porcentaje de coches exhiben pegatinas de apoyo a un candidato a gobernador, fiscal del distrito, alcalde o presidente, sin miedo a que alguien decida romperle las lunas. Igualito, igualito que aquÃ.
Cuanto menos normalizada está la participación de los ciudadanos en la vida polÃtica, más alejados estamos de los polÃticos, lo que tiene como consecuencia directa e inevitable el asentamiento de una oligocracia que mira a los ciudadanos desde las alturas y nos considera poco más que ganado al que hay que dirigir y, cuando estima necesario, sacrificar.
La transparencia en la financiación de los partidos políticos es esencial. Creo que todo el mundo estará de acuerdo con eso. Sin embargo, son varias las vías por las que es posible llegar a la transparencia y no todas me satisfacen de igual manera. Digo esto en relación con la iniciativa Change Congress, promovida por Lawrence Lessig, a la que he llegado a través de esta entrada del blog de Enrique Dans y con la que no puedo estar de acuerdo.