Intervencionismo en Estados Unidos

Nudo de la I35 con la I635 en Dallas, Texas. Por faithx5, en Flickr, con licencia CC by-sa Hace un mes y pico, escribí un artículo sobre el “incompleto” liberalismo de los Estados Unidos. Pretendía ilustrar, mediante una serie de ejemplos relacionados con el sector de las infraestructuras viarias, cómo en Estados Unidos existen aún cotos donde el intervencionismo rampante campa a sus anchas, aunque el país, en general, sea un magnífico ejemplo de sociedad liberal. Hoy tengo otro ejemplo que sumar a la lista: la Comisión de Transportes de Texas tomó, el pasado 29 de mayo, una serie de decisiones con respecto a cómo se articularán los futuros proyectos de concesiones de autopistas de peaje en el estado. En teoría, estos principios básicos no se alejan del contenido actual de la Ley, pero sí suponen una radicalización de ésta, al eliminar por completo la holgura admitida en las leyes actuales, sometiendo a todos los futuros proyectos de concesión a las mismas limitaciones, independientemente de sus características.

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El incompleto liberalismo de los EEUU

Preciosa imagen de una autopista en Atlanta por Nrbelex, en Flickr, con licencia CC by-sa Cuando entre liberales se habla de Estados Unidos, se suele hacer para usarlo como ejemplo paradigmático de país en el que impera el liberalismo. Del mismo modo, nada gusta más a un socialdemócrata que poner a los Estados Unidos como ejemplo del “liberalismo rampante” que hace que la gente se vaya muriendo por las calles a causa de enfermedades que aquí trata “gratis” la Seguridad Social. Desgraciada y/o afortunadamente, las cosas no son ni como unos ni como otros las quieren ver. Es cierto que Estados Unidos es el país más liberal que conozco pero, ni la gente se muere en la calle por no tener seguro médico, ni el liberalismo es una máxima que los políticos estadounidenses no osan saltarse nunca.

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Sana envidia de los EEUU

Foto de una simpatizante de Hillary Clinton captando votos, por Greg Westfall en Flickr, mediante una licencia Creative Commons by En las temporaditas que estoy teniendo que pasar últimamente en Estados Unidos, he tenido oportunidad de comprobar un fenómeno que, como español, me resulta verdaderamente extraño y envidiable: la naturalidad con la que los ciudadanos de a pie exhiben con orgullo sus ideas políticas y el apoyo a un partido y/o candidato. Viviendo en un país en el que ser conocido por militar en un partido puede hacer que tus vecinos no te hablen o te miren con recelo (y eso en Madrid, en el País Vasco puedes acabar muerto) y que la gran mayoría de los afiliados de los grandes partidos lo son en la más estricta intimidad, sorprende cruzar cualquier barrio de cualquier ciudad y encontrar decenas de casas cuyo jardín delantero está decorado con una pancarta -en algunos casos, enorme- de apoyo a un partido o, actualmente, a alguno de los candidatos de las primarias demócratas. Un alto porcentaje de coches exhiben pegatinas de apoyo a un candidato a gobernador, fiscal del distrito, alcalde o presidente, sin miedo a que alguien decida romperle las lunas. Igualito, igualito que aquí.

Cuanto menos normalizada está la participación de los ciudadanos en la vida política, más alejados estamos de los políticos, lo que tiene como consecuencia directa e inevitable el asentamiento de una oligocracia que mira a los ciudadanos desde las alturas y nos considera poco más que ganado al que hay que dirigir y, cuando estima necesario, sacrificar.

Change Congress, pero no tanto

Capitolio de EEUU en Washington D. C., por euthman, vía Flickr mediante una licencia CC by-sa La transparencia en la financiación de los partidos políticos es esencial. Creo que todo el mundo estará de acuerdo con eso. Sin embargo, son varias las vías por las que es posible llegar a la transparencia y no todas me satisfacen de igual manera. Digo esto en relación con la iniciativa Change Congress, promovida por Lawrence Lessig, a la que he llegado a través de esta entrada del blog de Enrique Dans y con la que no puedo estar de acuerdo.

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Cuatro falsos mitos sobre Texas

No hay nada como viajar a un sitio para que se derrumben los mitos sobre él que se encuentran en el imaginario popular. Algunos mitos sobre Texas que tenía instalados en mi mente y que en sólo un par de días he podido eliminar son:

  1. En Texas, la mitad de los camareros hablan español. Es falso, es el 80%.
  2. En Texas hace un calor de muerte. Será en otra época: ahora hay que ir abrigado porque corre un viento frío capaz de rajarte la garganta.
  3. Texas es un desierto. Hay una parte que sí, según parece, al oeste. Sin embargo, la mayor parte del estado (tan grande como la Península Ibérica, por  cierto) es verde. No es la selva tropical, es cierto, pero hay muchísima más vegetación que en cualquier sitio del sur de España, por ejemplo. No sólo hay vida vegetal: los corzos campan a sus anchas por los suburbios de Austin y los buitres dan buena cuenta de sus cadáveres… en los jardines de las casas. Y eso en lo referente a naturaleza, pero tampoco en lo humano se puede decir que Texas está desierto: al venir en avión de noche, pude ver cómo entre Dallas y Austin no hay prácticamente ni un sólo hueco sin población humana. La densidad de población es bajísima, pero no esperes encontrar kilómetros y kilómetros de terreno deshabitado, al menos en esa zona.
  4. El acento texano es muy difícil de entender. Esto sólo es cierto si no hablas suficiente inglés pero, claro, en ese caso cualquier acento te resulta muy difícil de entender.


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