Sobre el último ataque terrorista

El pasado 25 de diciembre, un niño de papá nigeriano metido a siervo de Alá por la vía rápida intentó volar un avión en su aproximación al aeropuerto de Detroit. El dispositivo utilizado fue definido inicialmente como artesanal e incendiario, para acabar siendo considerado muy sofisticado y potente. En cualquier caso, el único resultado directo es que el protomártir islámico acabó con la entrepierna socarrada y que las medidas de seguridad en los aeropuertos van a ver un nuevo impulso. Repasemos lo que sabemos sobre este atentado para ver si encontramos algún patrón en todo ello:

  1. En los últimos meses o años, Yemen se ha convertido en el lugar del mundo con mayor número de aviones espía no tripulados, infiltrados de todos los servicios de espionaje occidentales, micrófonos, miembros de las fuerzas especiales americanas y británicas y agentes de la CIA. Todo este macro-despliegue de intelligence gathering sirvió para que, antes de que el nigeriano iniciara su viaje a EEUU, los servicios de inteligencia americanos supieran con suficiente certeza y detalles que algo se estaba cociendo.
  2. Por si fuera poco lo anterior, el padre de la criatura, un respetado ex-banquero en Nigeria, había ido a la embajada americana a informar sobre su hijo pues él mismo le consideraba un terrorista en potencia.
  3. Todo eso había provocado que el tipo en cuestión fuera incluido en una lista de personas relacionadas con el terrorismo. Resulta que esa lista no es la lista que hace que te impidan volar (la no-fly list). Analicemos esto: hay dos listas; en una de ellas, entras por estar relacionado con el terrorismo, pero puedes volar; en la otra, entras por estar relacionado con el terrorismo y no puedes volar.
  4. El Reino Unido había denegado un visado de entrada al terrorista por haber incluido información falsa en su solicitud.
  5. El dispositivo que llevaba adosado al cuerpo el nigeriano podría haber sido detectado con un simple cacheo (una nota al margen: a mí me cachean en más del 70% de las ocasiones en las que paso por un aeropuerto. O soy muy sospechoso, o muy atractivo.)

Fantástico. O sea, que tenemos a un señor que había sido “denunciado” por su propio padre como terrorista en potencia, que había sido incluido en una lista de terroristas en potencia (¡ah!, pero no en la lista fetén, sino en la lista de terroristas en potencia que sí pueden volar), que volaba con su propia documentación original, cuyo perfil coincidía con el de la inteligencia recabada en Yemen y cuya bomba debía de sobresalir alrededor de sus muslos como si llevara dos gallinas en la entrepierna. A un tipo con todo eso a sus espaldas ni siquiera lo cachean.

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Reflexiones sobre privacidad

Candado, por Frederic Poirot, en Flickr (109993995) con licencia CC by-nc-ndLa semana pasada, se organizó un buen revuelo con las palabras de Eric Schmidt, CEO de Google, sobre la necesidad de aceptar el hecho de que si haces algo que, de hacerse público, podría ocasionarte problemas, lo mejor que puedes hacer es no hacerlo en absoluto. Lo que dijo fue:

I think judgment matters. If you have something that you don’t want anyone to know, maybe you shouldn’t be doing it in the first place. If you really need that kind of privacy, the reality is that search engines — including Google — do retain this information for some time and it’s important, for example, that we are all subject in the United States to the Patriot Act and it is possible that all that information could be made available to the authorities.

A estas palabras, han contestado no pocas personas, empezando por mi admirado Bruce Schneier:

Privacy protects us from abuses by those in power, even if we’re doing nothing wrong at the time of surveillance.

We do nothing wrong when we make love or go to the bathroom. We are not deliberately hiding anything when we seek out private places for reflection or conversation. We keep private journals, sing in the privacy of the shower, and write letters to secret lovers and then burn them. Privacy is a basic human need.

[...]

For if we are observed in all matters, we are constantly under threat of correction, judgment, criticism, even plagiarism of our own uniqueness. We become children, fettered under watchful eyes, constantly fearful that — either now or in the uncertain future — patterns we leave behind will be brought back to implicate us, by whatever authority has now become focused upon our once-private and innocent acts. We lose our individuality, because everything we do is observable and recordable.

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Obama y su discurso de aceptación del Nobel de la Paz

Obama en el Marine One. Foto de la Casa Blanca, en Flickr (4154455466), de dominio público.Hace un par de años, tuve la oportunidad de interactuar, por motivos de trabajo, con un consultor que, en su tiempo libre, formaba parte del equipo de campaña de Barack Obama en Austin, Texas. Culto, medido e inteligente, su exposición de las principales diferencias ideológicas entre Demócratas y Republicanos, particularmente las relacionadas con la war on terror, me permitió comprender con profundidad el abismo que separaba a los dos principales partidos estadounidenses de la mayor parte de los políticos europeos. Una magnífica experiencia intelectual.

Obama, sus discursos, sus promesas, su oferta de esperanza y de cambio, no llegaron a encandilarme en ningún momento. Poca chicha tras tanta fachada, sigo pensando. Pero este hombre tiene momentos de lucidez y de valentía que para sí los quisieran nuestros políticos patrios, aunque sólo les durase media mañana. El más reciente ejemplo es el discurso que pronunció ayer al recibir el (por otra parte, sorprendente, por prematuro) premio Nobel de la Paz. Lectura imprescindible para quienes tengan el mínimo interés por lo que pasa en este mundo. Magnífica vacuna contra los rancios localismos, el antiamericanismo simplón y el pacifismo de salón.

A destacar:

I face the world as it is, and cannot stand idle in the face of threats to the American people. For make no mistake: evil does exist in the world. A non-violent movement could not have halted Hitler’s armies. Negotiations cannot convince al Qaeda’s leaders to lay down their arms. To say that force is sometimes necessary is not a call to cynicism – it is a recognition of history; the imperfections of man and the limits of reason.

I raise this point because in many countries there is a deep ambivalence about military action today, no matter the cause. At times, this is joined by a reflexive suspicion of America, the world’s sole military superpower.

Yet the world must remember that it was not simply international institutions – not just treaties and declarations – that brought stability to a post-World War II world. Whatever mistakes we have made, the plain fact is this: the United States of America has helped underwrite global security for more than six decades with the blood of our citizens and the strength of our arms. The service and sacrifice of our men and women in uniform has promoted peace and prosperity from Germany to Korea, and enabled democracy to take hold in places like the Balkans. We have borne this burden not because we seek to impose our will. We have done so out of enlightened self-interest – because we seek a better future for our children and grandchildren, and we believe that their lives will be better if other peoples’ children and grandchildren can live in freedom and prosperity.

So yes, the instruments of war do have a role to play in preserving the peace. And yet this truth must coexist with another – that no matter how justified, war promises human tragedy. The soldier’s courage and sacrifice is full of glory, expressing devotion to country, to cause and to comrades in arms. But war itself is never glorious, and we must never trumpet it as such.

Y, el texto íntegro del discurso de Obama, imprescindible (repito), aquí mismo.

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El mensaje secreto de Schwarzenegger

Puestos a que la política sea zafia, mucho mejor si, al menos, la zafiedad va de la mano de algo de creatividad. Atención a la carta enviada por la oficina del Gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, al Parlamento estatal. Busquen el mensaje secreto:

Mensaje secreto de Schwarzenegger

Visto en el San Francisco Chronicle, vía TechCrunch, donde se puede ver fácilmente la solución, si se resiste a ser encontrada.

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Esto sí es sociedad civil

Llego, a través de The Connected Republic, al sitio Stimulus Watch, una web creada para que los ciudadanos informen y opinen sobre las obras públicas susceptibles de ser financiadas por el plan de estímulo de la economía del gobierno estadounidense.

Me pregunto si algo así tendría la mínima repercusión en España. ¿Cuántos se animarían a criticar las pistas de patinaje?

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Intervencionismo en Estados Unidos

Nudo de la I35 con la I635 en Dallas, Texas. Por faithx5, en Flickr, con licencia CC by-sa Hace un mes y pico, escribí un artículo sobre el “incompleto” liberalismo de los Estados Unidos. Pretendía ilustrar, mediante una serie de ejemplos relacionados con el sector de las infraestructuras viarias, cómo en Estados Unidos existen aún cotos donde el intervencionismo rampante campa a sus anchas, aunque el país, en general, sea un magnífico ejemplo de sociedad liberal. Hoy tengo otro ejemplo que sumar a la lista: la Comisión de Transportes de Texas tomó, el pasado 29 de mayo, una serie de decisiones con respecto a cómo se articularán los futuros proyectos de concesiones de autopistas de peaje en el estado. En teoría, estos principios básicos no se alejan del contenido actual de la Ley, pero sí suponen una radicalización de ésta, al eliminar por completo la holgura admitida en las leyes actuales, sometiendo a todos los futuros proyectos de concesión a las mismas limitaciones, independientemente de sus características.

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El incompleto liberalismo de los EEUU

Preciosa imagen de una autopista en Atlanta por Nrbelex, en Flickr, con licencia CC by-sa Cuando entre liberales se habla de Estados Unidos, se suele hacer para usarlo como ejemplo paradigmático de país en el que impera el liberalismo. Del mismo modo, nada gusta más a un socialdemócrata que poner a los Estados Unidos como ejemplo del “liberalismo rampante” que hace que la gente se vaya muriendo por las calles a causa de enfermedades que aquí trata “gratis” la Seguridad Social. Desgraciada y/o afortunadamente, las cosas no son ni como unos ni como otros las quieren ver. Es cierto que Estados Unidos es el país más liberal que conozco pero, ni la gente se muere en la calle por no tener seguro médico, ni el liberalismo es una máxima que los políticos estadounidenses no osan saltarse nunca.

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Sana envidia de los EEUU

Foto de una simpatizante de Hillary Clinton captando votos, por Greg Westfall en Flickr, mediante una licencia Creative Commons by En las temporaditas que estoy teniendo que pasar últimamente en Estados Unidos, he tenido oportunidad de comprobar un fenómeno que, como español, me resulta verdaderamente extraño y envidiable: la naturalidad con la que los ciudadanos de a pie exhiben con orgullo sus ideas políticas y el apoyo a un partido y/o candidato. Viviendo en un país en el que ser conocido por militar en un partido puede hacer que tus vecinos no te hablen o te miren con recelo (y eso en Madrid, en el País Vasco puedes acabar muerto) y que la gran mayoría de los afiliados de los grandes partidos lo son en la más estricta intimidad, sorprende cruzar cualquier barrio de cualquier ciudad y encontrar decenas de casas cuyo jardín delantero está decorado con una pancarta -en algunos casos, enorme- de apoyo a un partido o, actualmente, a alguno de los candidatos de las primarias demócratas. Un alto porcentaje de coches exhiben pegatinas de apoyo a un candidato a gobernador, fiscal del distrito, alcalde o presidente, sin miedo a que alguien decida romperle las lunas. Igualito, igualito que aquí.

Cuanto menos normalizada está la participación de los ciudadanos en la vida política, más alejados estamos de los políticos, lo que tiene como consecuencia directa e inevitable el asentamiento de una oligocracia que mira a los ciudadanos desde las alturas y nos considera poco más que ganado al que hay que dirigir y, cuando estima necesario, sacrificar.

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Change Congress, pero no tanto

Capitolio de EEUU en Washington D. C., por euthman, vía Flickr mediante una licencia CC by-sa La transparencia en la financiación de los partidos políticos es esencial. Creo que todo el mundo estará de acuerdo con eso. Sin embargo, son varias las vías por las que es posible llegar a la transparencia y no todas me satisfacen de igual manera. Digo esto en relación con la iniciativa Change Congress, promovida por Lawrence Lessig, a la que he llegado a través de esta entrada del blog de Enrique Dans y con la que no puedo estar de acuerdo.

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Cuatro falsos mitos sobre Texas

No hay nada como viajar a un sitio para que se derrumben los mitos sobre él que se encuentran en el imaginario popular. Algunos mitos sobre Texas que tenía instalados en mi mente y que en sólo un par de días he podido eliminar son:

  1. En Texas, la mitad de los camareros hablan español. Es falso, es el 80%.
  2. En Texas hace un calor de muerte. Será en otra época: ahora hay que ir abrigado porque corre un viento frío capaz de rajarte la garganta.
  3. Texas es un desierto. Hay una parte que sí, según parece, al oeste. Sin embargo, la mayor parte del estado (tan grande como la Península Ibérica, por  cierto) es verde. No es la selva tropical, es cierto, pero hay muchísima más vegetación que en cualquier sitio del sur de España, por ejemplo. No sólo hay vida vegetal: los corzos campan a sus anchas por los suburbios de Austin y los buitres dan buena cuenta de sus cadáveres… en los jardines de las casas. Y eso en lo referente a naturaleza, pero tampoco en lo humano se puede decir que Texas está desierto: al venir en avión de noche, pude ver cómo entre Dallas y Austin no hay prácticamente ni un sólo hueco sin población humana. La densidad de población es bajísima, pero no esperes encontrar kilómetros y kilómetros de terreno deshabitado, al menos en esa zona.
  4. El acento texano es muy difícil de entender. Esto sólo es cierto si no hablas suficiente inglés pero, claro, en ese caso cualquier acento te resulta muy difícil de entender.
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