Sobre la encarcelación de Juan López de Uralde

Vaya por delante que comparto poco con las grandes multinacionales de la ecología. El que esté convencido de que debemos contaminar menos, reutilizar más y, en general, ser sensatos en nuestra relación con el resto del planeta, no me lleva por el camino del tremendismo y la imposición que suelen adoptar esas organizaciones. Sin embargo, mi opinión sobre los ecologistas a tiempo completo no me impide pensar que se están pasando un poco con Juan López de Uralde, director de Greenpeace en España, y otros tres miembros por haberse colado en la cena de gala de la orgía de burócratas, perdón, de la Cumbre del Cambio Climático de Copenhague.

Desde luego, no defenderé yo que a los ecologistas se les otorgue patente de corso por el simple hecho de que crean que sus fines son bondadosos. Si algo es un delito allí donde lo cometes, tendrás que pagar por ello, por muy bienintencionado que seas. Salvo que puedan demostrar (y no parece que puedan, porque los periódicos se encargarían de comunicárnoslo hasta la saciedad) que sus derechos, según las leyes danesas, han sido conculcados, lo único que podemos pensar es que ya está bien tanta prisión preventiva e incluso incomunicación por desplegar una pancarta.

No obstante, si bien me sorprende la dureza aplicada, debo decir que no es eso lo que más me está llamando la atención sobre el asunto. Desde que fueron detenidos los miembros de Greenpeace, he leído en no pocas ocasiones (en algunos casos, incluso de forma recurrente) a no pocas personas que se autodenominan liberales alegrarse por la dureza de la prisión preventiva a López de Uralde y compañía. Me sorprende, sí, porque, al fin y al cabo, lo que estaban haciendo los cuatro detenidos no era más que plantarse delante de unos cuantos políticos y burócratas que se estaban forrando el riñón a base de langostinos pagados por ti y por mí y afearles la conducta, diciéndoles que no les pagamos para darse comilonas ni para parlotear, sino para resolver problemas reales (aunque podamos disentir con los de Greenpeace en cuáles son esos problemas reales). Y, si no pueden o quieren resolverlos, que dimitan y se dediquen a otra cosa, añado yo. Bien, pues a mí me suena todo eso mucho a “sociedad civil”, a lucha contra la supérflua burocracia y a los ciudadanos mandando mensajes claros a los políticos. Lo mismito que esos mismos personajes liberales piden a gritos, día tras día, desde sus tribunas blogueras. Ah, espera, que es que estos no son “de los nuestros”, no son ni “provida”, ni “proarmas”, ni “antiimpuestos”, ni “procrucifijos”, que son los únicos, según parece, con derecho a manifestarse. Estos son progres y, por tanto, ni el habeas corpus se les debería aplicar. Claaaro. Con liberales así, no necesitamos dictadores.

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El cambio climático cuestionado desde dentro.

[...] Sin acceso a la energía, la vida es brutal y corta. El incierto impacto del calentamiento global en el futuro lejano debe ser puesto en relación con los desastres del presente. [...] Dada la incertidumbre científica y nuestra relativa impotencia con respecto al cambio climático, me parece que está claro cuál es el imperativo moral de esta cuestión.

John R. Christy es director del Earth System Science Center en la Universidad de Alabama en Huntsville y uno de los participantes en el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU, co-ganador del Premio Nobel de la Paz este año.

El artículo completo, aquí. Vía Ajopringue.

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