El aborto para las mujeres de 16 años

No tengo mucha intención de entrar a discutir el fondo de la cuestión sobre el aborto. En pocas palabras, mi postura es que veo con buenos ojos su despenalización (porque, recordemos, ahora es un delito) basada en una ley de plazos. Plazos que deben definirse por medio de la ciencia y la estadística y no con argumentos basados en la mera creencia de que hasta un par de células ya constituyen una persona.

Sin embargo, más allá de mi postura al respecto, me molesta profundamente que medidas que pueden ser debatidas y defendidas desde una perspectiva objetiva y racional nos sean vendidas por los políticos con argumentos dignos de un mercado de abastos. Me refiero, cómo no, a las declaraciones de ayer de la ministra Aído, en las que dijo que “si una adolescente de 16 años puede casarse [...] lo coherente sería que también pueda interrumpir el embarazo” [Ver vídeo en YouTube], para justificar que puedan abortar sin permiso paterno.

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La generalizada confusión sobre el Diccionario

He querido dejar pasar unos días para que este artículo no estuviera cargado de connotaciones políticas. Es cierto que lo escribo a raíz de la idea genial de nuestra ministra de Igualdad y su sugerencia de que se incluya la palabra “miembra” en el Diccionario de la Real Academia pero, como no quiero politizar en exceso este blog (en esta temporada, al menos), he preferido dejar una cierta distancia entre la polémica y este post.

La absurda sugerencia de la ministra Aído no es más absurda que la frecuentísima confianza ciega del españolito medio en el Diccionario como forma de comprobar si una palabra existe o si es correcta. En lo que a la lengua se refiere, los españoles mostramos una especial querencia por una Autoridad (así, con mayúsculas) que nos diga qué está bien y qué está mal y que incluso insufle sustancia y vida en las palabras, como si hasta no recibir el beneplácito de la Real Academia las palabras no existieran y fueran creadas sólo en el momento mismo de su inclusión en el Diccionario.

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