Publicado en septiembre de 2012

¡Preparados! ¡Fuego! ¡Apunten!

La expresión “¡Preparados! ¡Fuego! ¡Apunten!” suele utilizarse para describir un sesgo cognitivo que está presente en demasiadas decisiones, tanto en las que tomamos individualmente como en las que se producen en entornos colegiados, como las organizaciones.

Esta forma de decidir viene dada por un exceso de apetito por la acción, en la (falsa) creencia de que la inacción es intrínsecamente mala, incluso cuando los datos apuntan a que lo más correcto sería tomar la decisión de no hacer nada. Este sesgo se plasma incluso en el lenguaje que suele rodear los procesos de decisión: normalmente, la gente se reúne para “decidir qué hacer”, no para decidir “si hacemos algo o no”, es decir, se asume que el resultado de un proceso de toma de decisiones es, necesariamente, una acción, sin abrir la puerta de antemano a que la decisión pueda ser no hacer nada.

En el entorno corporativo, este prejuicio se fomenta por varias actitudes fácilmente reconocibles: por ejemplo, es poco habitual que se valore a alguien por la cantidad de veces que optó por no hacer cosas, evitando riesgos manifiestos, mientras que los currículos se llenan con las cosas que sí hemos decidido hacer; asimismo, se suele juzgar el valor aportado por las personas o departamentos en función de lo ocupados que están (o parecen estar), por lo que aceptar hacer cosas ignorando sus riesgos siempre tiene el beneficio de que estás haciendo algo. En la sociedad, se levantan más monumentos a los héroes de las batallas más encarnizadas que a quienes consiguieron evitar que una batalla se llegase a producir.

Sin embargo, la actitud relacionada con este sesgo que cuenta con un mayor peligro potencial es la que valora las acciones por sus resultados, en lugar de por la calidad de las decisiones que las provocaron. Habitualmente, rechazamos analizar el proceso mediante el que algo ha terminado bien en busca de qué podía haber salido mal; en su lugar, prestamos atención, exclusivamente, a los procesos que han acabado mal. Eso genera un proceso de retroalimentación hacia quienes toman decisiones que podría resumirse en “tú lánzate, que ya veremos luego cómo encaminarlo”, que no es más que otra forma de decir ”¡Preparados! ¡Fuego! ¡Apunten!“. Si te conformas con que algo ha salido bien y no te preguntas cosas como el esfuerzo que realmente ha sido necesario hacer para lograrlo o lo cerca que has estado del desastre por el camino, no dejarán de aumentar las probabilidades de que en tu organización se sigan tomando decisiones erróneas y acabes por estrellarte. Además, en las decisiones que te llevaron a no hacer algo hay enterrada una mina de información y conocimiento acerca de los riesgos principales de tu negocio, por lo que es importante analizarlas igual que las acciones que tuvieron resultados (buenos o malos).

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