Sana envidia de los EEUU

Foto de una simpatizante de Hillary Clinton captando votos, por Greg Westfall en Flickr, mediante una licencia Creative Commons by En las temporaditas que estoy teniendo que pasar últimamente en Estados Unidos, he tenido oportunidad de comprobar un fenómeno que, como español, me resulta verdaderamente extraño y envidiable: la naturalidad con la que los ciudadanos de a pie exhiben con orgullo sus ideas políticas y el apoyo a un partido y/o candidato. Viviendo en un país en el que ser conocido por militar en un partido puede hacer que tus vecinos no te hablen o te miren con recelo (y eso en Madrid, en el País Vasco puedes acabar muerto) y que la gran mayoría de los afiliados de los grandes partidos lo son en la más estricta intimidad, sorprende cruzar cualquier barrio de cualquier ciudad y encontrar decenas de casas cuyo jardín delantero está decorado con una pancarta -en algunos casos, enorme- de apoyo a un partido o, actualmente, a alguno de los candidatos de las primarias demócratas. Un alto porcentaje de coches exhiben pegatinas de apoyo a un candidato a gobernador, fiscal del distrito, alcalde o presidente, sin miedo a que alguien decida romperle las lunas. Igualito, igualito que aquí.

Cuanto menos normalizada está la participación de los ciudadanos en la vida política, más alejados estamos de los políticos, lo que tiene como consecuencia directa e inevitable el asentamiento de una oligocracia que mira a los ciudadanos desde las alturas y nos considera poco más que ganado al que hay que dirigir y, cuando estima necesario, sacrificar.

Conexiones a Internet en los hoteles

Hay algo que me molesta mucho de las conexiones a los hoteles en los que he estado últimamente: a pesar de que me obligan a pagar (bastante) por el servicio, cada vez que inicio el equipo y abro un navegador por primera vez en la sesión, el sistema sustituye automáticamente la primera petición HTTP que hago (es decir, la primera página que quiero ver) por una petición a una página de noticias sobre la ciudad, asociada con el proveedor de la conexión a Internet. Resulta que esa primera petición HTTP es “obligatoria” para poder usar la conexión por completo, es decir, que no puedo iniciar Windows y, seguidamente, abrir Outlook para comprobar el correo electrónico, porque no me puedo conectar al servidor de correo mientras no abra un navegador y navegue forzosamente hasta esa página. Entendería esta obligación si se tratase de un servicio gratuito o si, como mínimo, se me informara de ello al contratar el servicio pero no es así. Pago por ello (no yo, mi empresa), no se me informa y, desde luego, no se me deja elegir. ¿Conclusión? Ya estoy mirando planes de datos aquí en EEUU para conectarme por 3G (por HSDPA o lo que sea aquí) en mis próximos viajes, porque esto es caro e incómodo.

Cuatro falsos mitos sobre Texas

No hay nada como viajar a un sitio para que se derrumben los mitos sobre él que se encuentran en el imaginario popular. Algunos mitos sobre Texas que tenía instalados en mi mente y que en sólo un par de días he podido eliminar son:

  1. En Texas, la mitad de los camareros hablan español. Es falso, es el 80%.
  2. En Texas hace un calor de muerte. Será en otra época: ahora hay que ir abrigado porque corre un viento frío capaz de rajarte la garganta.
  3. Texas es un desierto. Hay una parte que sí, según parece, al oeste. Sin embargo, la mayor parte del estado (tan grande como la Península Ibérica, por  cierto) es verde. No es la selva tropical, es cierto, pero hay muchísima más vegetación que en cualquier sitio del sur de España, por ejemplo. No sólo hay vida vegetal: los corzos campan a sus anchas por los suburbios de Austin y los buitres dan buena cuenta de sus cadáveres… en los jardines de las casas. Y eso en lo referente a naturaleza, pero tampoco en lo humano se puede decir que Texas está desierto: al venir en avión de noche, pude ver cómo entre Dallas y Austin no hay prácticamente ni un sólo hueco sin población humana. La densidad de población es bajísima, pero no esperes encontrar kilómetros y kilómetros de terreno deshabitado, al menos en esa zona.
  4. El acento texano es muy difícil de entender. Esto sólo es cierto si no hablas suficiente inglés pero, claro, en ese caso cualquier acento te resulta muy difícil de entender.


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