Con un par de billones… o de millardos

  • octubre 20, 2012
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Edificio de la Real Academia Española. Foto por J.L. De Diego, liberada en el dominio público.

Esta semana, se ha montado un notable revuelo con la noticia de que la RAE tiene planes de incluir en el Diccionario un buen número de expresiones del español del Estados Unidos, los “estadounidismos”. Seguramente, lo que más escozor ha provocado ha sido que, entre esas expresiones, se encuentra el “billón”, tal y como se lo entiende en EEUU, es decir, como 109 (mil millones) en lugar de 1012 (un millón de millones) que es lo que significa en Europa.

La traducción incorrecta de “billion” por “billón” en textos procedentes de EEUU es uno de los errores de adaptación más habituales que se cometen en medios de comunicación, blogs, películas e incluso obras literarias. No se trata de una cuestión menor porque, aunque en muchos casos sólo sirva para constatar que muchos periodistas no tienen ni la mínima idea de la materia de la que hablan, hay algunos otros en los que puede dar lugar a confusión real: en términos económicos, por ejemplo, al hablar de grandes cifras como las relacionadas con el PIB de continentes enteros o, en el ámbito científico, al tratar de distancias entre objetos del cosmos o de cantidades de materia, objetos, etc.

No obstante lo anterior, la inclusión del término billón en el Diccionario como estadounidismo (palabra que también acaba de hacer su entrada en él) con significado de “mil millones” me parece completamente acertada y coherente. Su entrada en el Diccionario no es la causa de ninguna equivocación: la confusión, el error, ya viene de antes y está entre nosotros, a diario. Que ahora la entrada del “billón” vaya a contener dos acepciones no hace que una de ellas altere el significado de la otra: sólo indica que hay dos acepciones, nada más, una de las cuales estará marcada como propia de un uso diatópico muy concreto. Su inclusión no obliga a nadie a dejar de usar el significado habitual en el español de España ni servirá de justificación a quien afirme aquí que “en el mundo viven 7 billones de personas” o barbaridades así. El único motivo por el que la RAE recoge este significado es que hay 50 millones de hablantes de español que lo entienden así.

Estoy bastante cansado de defender, en casos como el que nos ocupa, a la Real Academia de la Lengua Española. Me canso por dos motivos: en primer lugar, porque sigue sin cuajar entre los españoles cuál es el verdadero objetivo de un diccionario como el Diccionario, a pesar de que quienes suelen espantarse por la recogida de nuevas palabras son los que más presumen de respeto e interés por la lengua; y, en segundo lugar, porque soy, en el fondo, poco amigo de la Academia y de sus actividades, principalmente el propio DRAE. Creo que el Diccionario necesita un drástico cambio de rumbo, una revisión a conciencia de miles de sus entradas y, en definitiva, la adopción de criterios lexicográficos y editoriales propios del siglo XXI y que aprovechen al máximo las capacidades del entorno tecnológico actual. Sin embargo, nada de esto significa que rechace la inclusión de acepciones como el billón estadounidense; antes bien, siempre defenderé el principal papel del Diccionario: reflejar con fidelidad nuestro léxico, con todas sus luces y con todas sus sombras, en cada momento y lugar de nuestra Historia.

Soy de la opinión de que los idiomas son propiedad de sus hablantes, sin que tengan cabida en ellos organismos de supervisión que nos digan qué está bien y qué está mal, como si de decisiones morales se tratase. Nada de esto significa, no obstante, que no reconozca la profunda importancia de la forma en la que hablamos y escribimos, de la que depende lograr (o no) objetivos tan útiles y poderosos como la eficiencia, la precisión y la eficacia en la comunicación. Derivado de esto, entiendo que existe una forma de usar el idioma que, con mayor frecuencia, permite acercarse a la consecución de esos objetivos: el uso culto, que en lingüística recibe el nombre de norma, término que provoca no pocas confusiones y discusiones cuando le arrancamos su significado técnico. Y, por tanto, reconozco el valor de conocer los elementos que forman parte de esa norma culta y de usarlos de forma habitual, del mismo modo que entiendo la relevancia, en la esfera social e interpersonal, del uso que hacemos del idioma. Cabe, por tanto, evaluar si un uso entra dentro de lo que en cada momento y lugar entendemos por norma culta. Incluso cabe evaluar si determinado uso de la lengua es eficaz en términos comunicativos o debería ser evitado por confuso o ineficiente, como es el caso del billón que nos ocupa, cuando se usa en España con su significado estadounidense.

Dicho todo esto, el reconocimiento de la existencia y del valor de una norma culta no debe llevarnos a adoptar nociones de corrección basadas en lo malo y lo bueno o en expresiones como “la Real Academia acepta”. El Diccionario no acepta ni deja de aceptar, pues el Diccionario debería limitarse a recoger, registrar y clasificar, tarea ya de por sí hercúlea que no requiere de extralimitaciones para resultar de gran utilidad a hablantes y lingüistas por igual. Esperar a que la Academia se pronuncie sobre algún uso del idioma o creer que “ya se puede decir” tal o cual cosa porque ahora aparezca en el Diccionario indican un profundo desconocimiento de qué es el lenguaje, de qué son las lenguas y de para qué sirven. Por no mencionar que dejan entrever una preocupante necesidad de contar con quien te indique hasta cómo debes hablar. Aclararé, por si hace falta, que no creo que la Academia esté exenta de responsabilidad en esta situación.

Así las cosas, si te escandaliza o te preocupa que la Academia recoja en el Diccionario que hay cincuenta millones de hablantes de castellano que entienden que “billón” significa “mil millones”, deberías revisar qué significa para ti que una palabra quede recogida en el Diccionario.

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