Tecnología NFC: mis dudas y sus posibilidades
Estos días, se está hablando mucho sobre la tecnología NFC (Near Field Communication, algo así como “comunicación en campo cercano”), un sistema que permite que dispositivos electrónicos se comuniquen entre sí cuando están muy cerca, casi en contacto. Aunque admite multitud de aplicaciones prácticas, la atención está puesta en cómo usar NFC para poder pagar en comercios con nuestro teléfono móvil. Telefónica hizo mucho ruido, la semana pasada, con el anuncio de que sus empleados iban a empezar a usar esta tecnología como medio de pago en su sede central en Madrid.
Ahora es cuando yo me pongo en plan abuelo Cebolleta y tengo que decir “eso ya lo he vivido“. La promesa de hacernos más fácil la vida (ejem, quería decir las compras) mediante nuevos y sencillísimos sistemas de pago ha tomado diversas formas a lo largo de los últimos quince años, como las tarjetas monedero de mediados de los 90 (¿creíais que lo del chip en la tarjeta era una novedad?) o los sistemas de pago mediante el móvil de principios de la década pasada (¿se acuerda alguien de MobiPay?). Huelga decir que ninguna de esas promesas se ha cumplido y todos seguimos arrastrando en la cartera calderilla y tarjetas de plástico, como desde hace treinta años.
Por tanto, a priori soy bastante escéptico sobre esta tecnología. A su favor cuenta con varios factores, entre los que destacaría:
- Los principales operadores se han puesto de acuerdo para promover su uso y pretenden embarcar a bancos y fabricantes en la aventura.
- Las tasas de penetración de los móviles son radicalmente mayores que lo que eran hace diez años.
- Las tasas de consumidores familiarizados con la tecnología son, igualmente, mucho mayores.
- Este sistema no pretende, al menos inicialmente, sustituir la tarjeta bancaria, sino sólo añadirle otro soporte.
Sin embargo, está por ver (y, repito, albergo muchas dudas al respecto) si la tecnología NFC superará las barreras que no lograron derribar los anteriores intentos de convertir al móvil en un sistema de pago. La principal: la dificultad técnica para configurar el dispositivo, puesto que no por tener un móvil de última generación cualquier usuario es un techie, aunque a algunos no les quepa esa posibilidad en la cabeza.
Creo, no obstante, que la faceta más interesante de esta cuestión no es si la tecnología NFC conseguirá, por fin, que usemos el móvil para pagar. La pregunta más jugosa es: ¿qué gana un operador de telecomunicaciones como Movistar promoviendo un sistema como éste? Si el sistema funciona añadiendo una tarjeta bancaria ya existente a esa aplicación de cartera virtual que nos instalamos en el móvil, ¿qué hay ahí además de un banco muy contento? Poco o nada.
Así que, quizá, deberíamos entender este asunto del NFC como una apuesta más a largo plazo por parte de los operadores y el uso del móvil como pasarela hacia una tarjeta bancaria sólo como una primera etapa, una fase de familiarización con el método de pago. Tiene más sentido pensar que el objetivo último de los operadores es actuar ellos mismos como medio de pago, es decir, ya que estás pagando con el móvil, ¿por qué acabar cargando el importe de la compra en la tarjeta de tu banco pudiéndolo cargar en tu factura de telefonía? Diría que por ahí van los tiros pero, en ese caso, los operadores de telefonía móvil tienen que estar muy seguros de poder ofrecer el mismo servicio que los grandes jugadores del mercado, como ya dije hace unos meses.
Además, si vemos esto como una primera etapa en un camino más largo, veamos también la posibilidad de que existan varios caminos paralelos. El pago con el móvil es sólo uno de los usos que se le puede dar a la tecnología NFC. Si, gracias a la excusa del pago logran popularizar los terminales dotados de esta tecnología y familiarizar a los usuarios con ellos, los operadores (y, atención, muchas otras empresas de sectores diversos) ganarán una legión de dispositivos capaces de hacer multitud de cosas: desde sustituir a las llaves de tu casa o de tu coche hasta verificar el estado de un marcapasos. Esas posibilidades futuras, mucho más ricas y diversas que el simple pago con el móvil, bien podrían justificar una importante inversión para dominar el universo de aplicaciones que se abriría dentro de unos pocos años, aunque fuera a base de sufragar una primera etapa en la que pocos lo usarían realmente. Veremos qué ocurre.



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