Una de libros: Botchan, de Natsume Soseki
En ocasiones, me arrepiento de no haber continuado estudiando japonés. El idioma me encantaba y, hablado, no es tan difícil como se le supone desde fuera, pero afronté su estudio con intenciones meramente utilitaristas que, al desvanecerse el objetivo, dejaron de tener sentido. La lectura de Botchan es una de esas ocasiones en las que me pesa no poder disfrutar por entero la obra por no poder leer su versión original. No es que la traducción de José Pazó me disguste (sin poder compararla con el original, claro), sino que al disfrutar tanto con una obra traducida no puedo evitar pensar que la experiencia de leer el texto original debe de ser notablemente mayor.
He leído diversas reseñas de Botchan, algunas admirablemente documentadas, y no puedo evitar pensar que sus autores tratan con demasiada suavidad al protagonista de la historia. El joven profesor de triste infancia no es, sencillamente, ingenuo, cándido o idealista. No, este hombre es tonto. Es un simple, un bobo, en la más cruda definición de esas palabras. Su simpleza le lleva a ser un pelele sometido a los vaivenes de todo lo que pasa a su alrededor. Su vida discurre no ya sólo por el camino que le marcan los demás, sino por el que le marcan las más variadas circunstancias, sin que él tenga la mínima intención de influir sobre ellas. Es uno de esos personajes a los que no cuesta nada imaginárselos asistiendo a la pedida de su futura esposa con la sensación de ser un invitado más.
Lejos de convertirse en un ingrediente que solivianta al lector, la bobería de Botchan es el combustible que alimenta una narración rápida, divertida e incluso abiertamente graciosa. “Hilarante” es quizá algo exagerado, por mucho que esa palabra aparezca en todas las reseñas de esta obra que he leído. Su incapacidad para la reflexión le lleva a tomar, constantemente, decisiones impulsivas que no tardan en volverse en su contra, a pesar de que su tosca lógica le haga pensar, inicialmente, que ha actuado como es debido. Esa misma impulsividad, reconocida por él mismo en la primera frase de la novela, y una buena dosis de infantilismo le hacen juzgar siempre como errados a quienes le rodean, hasta que la realidad demuestra que es su postura la que se aleja de la lógica. Su carácter le va llevando por un sinfín de situaciones absurdas en las que, como mero espectador incapaz de determinar su desenlace, Botchan nos hace disfrutar con la manera en que afronta (no, mejor dicho, sufre) lo que la vida le tiene preparado.
Muy recomendable, divertida, rápida de leer y en el cuidado formato que Editorial Impedimenta ha elegido para sus obras. Una buena elección para quienes quieran regalar un libro pero quieran, al mismo tiempo, huir de la simplona literatura de masas que nos azota desde las estanterías en todas partes. Especialmente indicada para quienes se dedican a la docencia, pues disfrutarán en particular con el retrato que de alumnos y claustro hace Soseki en esta novela, convertida en un clásico de la literatura japonesa moderna.



5 comentarios
Me recordó a La revancha de los novatos, pero con el profesor como pardillo.
Buena referencia, sí señor. A mí, Botchan me pareció un Sancho Panza sin Quijote, pero me parecía demasiado pedante decir eso en la reseña. Te lo digo a ti en la intimidad. Oh, wait!
Vaya ¡Qué sorpresa! Literatura japonesa en español. Es una lástima que no haya más porque está muy bien. La descubrí cuando le dieron el Nobel a Oé y desde entonces aprovecho leo lo que cae en mis manos. Me apunto esta.
Magnífica reseña.
Gracias, Juan Carlos.
Hombre, obviamente, las estanterías no están abarrotadas de literatura japonesa. Pero no es que hay poca, tampoco. Hay mucha. Lo que sí es cierto es que la moderna no tiene tanta presencia como la clásica. Aun así, hay variedad suficiente para disfrutar.
En este vínculo, entre un montón de árabes y chinos, encontrarás no pocos títulos japoneses. Y eso es sólo una muestra.
http://www.casadellibro.com/libro/literatura-asia…
Un saludo,
Manuel Delgado
Juan Carlos, ten cuidado con algunas traducciones. Por ejemplo, Tanizaki en Siruela no se traduce del japonés. Eso no quiere decir que salga mal, por supuesto, pero ya no es directa.