¿Queremos los españoles participar en la administración del poder?

Estatuas de dictadores en Tailandia, por S Baker en Flickr con licencia CC by En ocasiones, recobro la esperanza de que los españoles estemos verdaderamente interesados en los asuntos del poder, en la política a todos los niveles, hasta el punto de participar de manera activa en aquellas facetas de la política que nos sean más cercanas y accesibles. Esas ocasiones suelen coincidir con la interacción con personas que muestran un interés real por lo que ocurre a su alrededor y que se involucran para lograr que las iniciativas públicas sean útiles, eficaces y eficientes. No es habitual poder influir en el rumbo de la política económica a nivel estatal o en la política exterior, pero no faltan quienes se esfuerzan por conseguir mejoras en su barrio o en su ciudad, aun no militando en partido alguno ni dando a entender que están "haciendo política".

En otras ocasiones, el pesimismo puede conmigo por completo, al comprobar (una vez tras otra) que existe una enorme masa de gente, ampliamente mayoritaria en la sociedad, que lo máximo que va a involucrarse en las decisiones y acciones políticas que hay a su alrededor es criticando la decisión del político de turno en el bar con los amigos o quejándose de "lo mal que está todo" en la máquina del café con los compañeros de trabajo.

Hoy es uno de esos días pesimistas. Las comunidades de vecinos son como microcosmos y de su observación cabe extraer conclusiones que, extrapoladas, nos ayudan a entender la sociedad española. Es cierto que España no es ninguna comunidad de vecinos en particular, pero también es cierto que toda comunidad de vecinos es España. Así, hoy he tenido una nueva oportunidad para comprobar cómo los españoles aspiramos, mayoritariamente, a que existan gobiernos que lo hagan todo por nosotros, satisfagan todas nuestras necesidades y nos digan "por dónde hay que ir". Al mismo tiempo, he experimentado de primera mano la fe ciega y obtusa en "el cargo", como si el hecho de convertirse en presidente de la comunidad otorgara poderes plenipotenciarios para disponer sobre todos los bienes y servicios de la comunidad, eximiendo (o liberando, mejor dicho) así a los vecinos de su obligación de participar en los asuntos de la comunidad, expresar su opinión, atenerse a las consecuencias de las acciones colegiadas y, en definitiva, preocuparse por lo suyo. Los vecinos esperan encontrar en el presidente de la comunidad a un híbrido entre un mesías y un mayordomo, que resuelva todos sus problemas, piense por ellos y cuya labor pueda ser criticada sin el mínimo espíritu constructivo. Estamos apañados que apostamos por un Estado limitado, por la meritocracia, por la independencia del ciudadano y por el respeto de las libertades individuales.

Con una base así, ¿tiene sentido pedir que la administración se acerque a los ciudadanos? ¿Quieren los ciudadanos tener algo que decir en cómo se gestiona su pueblo o su distrito? ¿Estamos preparados para las listas abiertas? No puedo evitar pensar que los españoles tenemos lo que nos merecemos: una clase política alejada de la ciudadanía y cuyos únicos objetivos son su propia supervivencia y su perpetuación en el poder. Políticos empeñados en crear ciudadanos dependientes del Estado y ciudadanos encantados de depender plenamente del Estado, mientras se respete su derecho a quejarse delante de la máquina del café.

Por cierto, si tú no eres de esos, eres de los nuestros. Acércate al Centro Democrático Liberal.

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