La generalizada confusión sobre el Diccionario18 de Junio de 2008 — Manuel DelgadoHe querido dejar pasar unos días para que este artículo no estuviera cargado de connotaciones políticas. Es cierto que lo escribo a raíz de la idea genial de nuestra ministra de Igualdad y su sugerencia de que se incluya la palabra “miembra” en el Diccionario de la Real Academia pero, como no quiero politizar en exceso este blog (en esta temporada, al menos), he preferido dejar una cierta distancia entre la polémica y este post. La absurda sugerencia de la ministra Aído no es más absurda que la frecuentísima confianza ciega del españolito medio en el Diccionario como forma de comprobar si una palabra existe o si es correcta. En lo que a la lengua se refiere, los españoles mostramos una especial querencia por una Autoridad (así, con mayúsculas) que nos diga qué está bien y qué está mal y que incluso insufle sustancia y vida en las palabras, como si hasta no recibir el beneplácito de la Real Academia las palabras no existieran y fueran creadas sólo en el momento mismo de su inclusión en el Diccionario.
Demostramos, en general, un profundo desconocimiento de un concepto tan básico como que los únicos propietarios de los idiomas somos nosotros, sus hablantes, y que los diccionarios, las Academias y las Direcciones Generales de Política Lingüística son simples accidentes en un devenir infinito cuyo origen se remonta a los primeros gruñidos que dieron nuestros antepasados, hace ya decenas de miles de años. Había idiomas antes que diccionarios y antes desaparecerán estos que aquellos. Demostramos, también, un profundo desconocimiento del objetivo del Diccionario y de la Real Academia. Nuestro Diccionario no es normativo, no dice qué está bien y qué está mal, sino que se limita a recoger, a plasmar, el estado de la lengua en el momento de su publicación. Las palabras no entran en él porque alguien considere que son correctas, ni porque una ministra considere que sería conveniente, sino porque se reconoce su uso habitual por parte de los hablantes. Así, muchas palabras no sólo existen sino que son esplendorosamente correctas mucho antes de ser incluidas en el Diccionario. Si un ministro se siente cómodo usando una palabra, que levante la cabeza y justifique su existencia porque le resuelve una necesidad comunicativa, sin recurrir al Diccionario como chivo expiatorio en una vacía polémica y, ya que estamos, sin demostrar su incultura sobre la razón de ser de tan útil libro. El origen y la causa de este error tan común están, con certeza, en nuestra deficiente enseñanza media, que no es capaz de transmitir a sus sufridores alumnos un concepto tan simple como que el Diccionario no regula, no legisla, sino que sólo registra y describe. Así, los bachilleres pueden llegar incluso a ministros sin entender el mecanismo por el que las palabras llegan al Diccionario. Ayuda a esta confusión el uso técnico que se hace en la ciencia lingüística de la palabra norma, que en ese contexto no significa precepto sino que se refiere a aquella variedad del idioma que se considera culta, de acuerdo a los criterios de corrección imperantes en el momento. Constantemente, inventamos nuevas palabras. A diario, miles; millones, quizá, que somos muchos hablantes. Sólo unas pocas miles llegan al Diccionario, que se actualiza cada varios años. ¿Por qué? Muchas, porque su uso está limitado a un entorno muy pequeño y cerrado. Otras, porque no han cuajado. Han sido una moda pasajera, un sustituto innecesario, un añadido redundante. En esas categorías encajaría actualmente “miembra“, por ejemplo, usada sólo por quienes confunden sexo biológico con género gramatical y quienes creen ver al enemigo en toda palabra terminada en “o”. ¿Puede llegar la palabra “miembra” al Diccionario? Desde luego que puede, pero será sólo si los hablantes entienden que tal palabra les resuelve una necesidad de comunicación. Podría llegar el día en que las mujeres se ofendan al referirse a ellas como “miembros de un comité“, así que quizá no esté tan lejos el momento en que la Academia deba variar la entrada de “miembro” y convertirla en “m y f“. Mientras sean los hablantes quienes lo decidan, todo irá bien. Es de suponer, en cambio, que lo que nunca cuajará en el habla diaria será el innecesario desdoblamiento de los géneros en las interpelaciones. Los políticos pueden perder el tiempo en decir “compañeros y compañeras” o “consejos de ministros y ministras”, pero los miles de millones de seres humanos restantes seguiremos aplicando un principio que, a lo largo de nuestro largo camino evolutivo, se ha demostrado eficiente y potente y es uno de los principales responsables de que los seres humanos hayamos logrado bajar de los árboles y superado las amenazas de nuestro entorno: el principio de economía. Decenas de miles de años de evolución asegurándonos de que el número de lexemas sea inferior al de semas y llegan cuatro iluminados a decirle a todos nuestros cerebros que están equivocados. Es responsabilidad de nuestra Real Academia ir deshaciendo, lo antes posible, el malentendido en torno a su razón de ser y a la naturaleza de su Diccionario. Bien haría en esforzarse por conseguir que un número decente de profesores de Secundaria fueran capaces de explicar a sus alumnos que son ellos quienes, como hablantes, hacen el Diccionario y no un grupo de académicos sentados en sillones ordenados alfabéticamente, que sólo se dedican a tomar nota de lo que decimos los demás. Del mismo modo, es responsabilidad de todos y cada uno de nosotros ir deshaciendo, lo antes posible, el malentendido que parece haberse asentado en las cabezas de muchos de nuestros políticos, supuestos servidores públicos, y que les lleva a pensar que ellos gobiernan sobre el idioma e incluso sobre el lenguaje y que pueden darles forma a su antojo y con completa impunidad. La lengua es patrimonio exclusivo de los hablantes. No dejemos que nos la arrebaten. 2 comentarios a “La generalizada confusión sobre el Diccionario”Haga un comentario |
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La confusión entre “género gramatical” y “sexo biológico”, tan propia de muchas feministas, es paralela a su confusión entre “autoridad” (moral o intelectual) y “código penal”: todo se va a arreglar, según ellas, con penas de multa o de carcel (o con castración química). El propio uso de “lenguage sexista”, según la iniciativa de un grupo feminista del ayuntamiento de Córdoba, tendrá que ser motivo de persecución legal.
25 de Junio de 2008 a las 21:27:03
Así es, Athini. El idioma es, para los progresistas exacerbados, algo que debe ser modelado al gusto de su ideario y, además, la amenaza del castigo penal es uno de sus métodos favoritos para conseguirlo.
Por cierto, hablando de castración química, hablé hace tiempo de ello aquí.
28 de Junio de 2008 a las 11:08:08