¿Para qué vale un despacho?1 de Abril de 2008 — Manuel Delgado
Preguntémonos, ¿para qué vale un despacho? Principalmente, para aislar del exterior a los que están dentro de él. Esto, en sí mismo, es ya una ventaja que, en una oficina bancaria, tiene una especial importancia. Hay muchas cosas que yo, como cliente, no quiero discutir en el patio de operaciones, sino que prefiero la intimidad de un despacho. Mis vecinos no tienen por qué saber si estoy pidiendo un crédito para pagarme una liposucción o si voy a comprar acciones con lo que me ha tocado a la lotería y la mejor manera de conseguirlo es hacerlo a puerta cerrada. Además, ser invitado al despacho del director es percibido por mucha gente como un símbolo de estatus, de reconocimiento de su valía como cliente, y el banco pierde esta baza al eliminar el despacho. Finalmente, el director necesita también la intimidad del despacho para realizar múltiples gestiones internas, tanto llamadas a los servicios centrales como reuniones con sus subordinados. ¿Qué tendrán que hacer a partir de ahora para hacer la evaluación anual con los demás empleados? ¿Irse al bar de la esquina para buscar un poco de intimidad? En realidad, el movimiento de eliminar los despachos tiene que ver con que los mismos directores van a dejar de serlo, en términos prácticos. Por mucho que se les esté intentando convencer de lo contrario, si te quitan el despacho de director y te quitan las funciones de director (pues pasan a depender del director de la oficina más grande de su área), dejas de ser director. Este movimiento también es equivocado, puesto que los directores son la piedra angular de la fuerza de ventas y tocarles las narices a todos, al mismo tiempo, no me parece una buena manera de dinamizar las ventas del banco. Tiempo al tiempo, pero ése es otro tema. Volviendo al asunto de los despachos, el origen del problema está en esa ridícula percepción, muy española pero plenamente compartida con la mayoría de los países de nuestro entorno, de que los despachos son símbolo de estatus de los empleados, en lugar de meras herramientas de trabajo. Además, el jefe inseguro no quiere darle despachos a sus subordinados porque teme que, si no los ve, no pueda controlar qué hacen. La realidad es que, si el jefe necesita línea de visión directa con los empleados para que estos trabajen, la empresa está perdida. Mejor que él cambie de empleados y, la empresa, de jefe. Hay multitud de puestos que, por las características de su trabajo, nunca aprovecharán plenamente un despacho y, por lo tanto, no tiene sentido para ellos la mayor inversión y la menor optimización del espacio que puede suponer. Sin embargo, el que los que sí lo necesitan carezcan de él, como en el caso de tantos y tantos mandos medios, implica una serie constante de problemas prácticos que, al fin y al cabo, sólo se traducen en perjuicios para las empresas. El despacho debería ser una herramienta que se asignara en función de las características del trabajo a desarrollar. Se asume en la alta dirección, por la naturaleza de su trabajo, pero también debería asumirse en los escalones intermedios que lo requieran. Ya sabemos que las tradiciones mal entendidas son enemigas de la alta productividad y éste es un caso claro. Siempre que veo estas ideas de bombero retirado (con todo el respeto para los bomberos retirados) me imagino a alguien que se ha embolsado un montón de dinero por proponerlas y que, cuando se demuestren radicalmente equivocadas, volverá a cobrar por proponer la solución. ¿Cuál será esa solución? Pues volver a construir los despachos, claro. Muy original. Preciosa foto de 1934, cortesía de freeparking en Flickr mediante una licencia Creative Commons by. Haga un comentario |
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