La envidia me corroe

Envy, por Christina Snyder, via Flickr con licencia CC by Sí, así es, me corroe la envidia. Hoy he pasado el día con un compañero de trabajo y su agradable familia. Son portugueses y viven aquí en Texas desde hace un año, cuando mi empresa abrió la oficina de EEUU y él vino a hacerse cargo de ella. Tienen varios hijos, entre los que destaca por su simpatía el pequeño, de tres años, que es el ser al que más envidio en estos momentos: a sus tres añitos, tiene un acento americano perfecto, habla más inglés que la mayoría de los españoles, su lengua nativa es el portugués, entiende el castellano sin problema e incluso se lanza a chapurrearlo. Y todo esto sin esfuerzo alguno, sin haber abierto un libro, sin haber pagado un profesor particular, sin haberse tenido que examinar del First, del Advanced, del Proficiency… ¡qué envidia!

Foto de la envidia hecha manzana (verde, por supuesto) por Christina Snyder, reproducida mediante una licencia Creative Commons by.

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4 comentarios

  1. snipfer dice:

    Sí, este tipo de cosas suelen pasar. Recuerdo que cuando intentaba aprender alemán —ya lo he dejado por imposible, ¡cómo lo odiaba!— lo más desmoralizante que había en el mundo era salir por Berlín y oir a chavalines de séis años hablar perfectamente. Ya hubo un antiguo literato que ilustró esta circunstancia:

    Asombrose un portugués
    al ver que en su tierna infancia
    todos los niños de Francia
    supieran hablar francés.

    “Arte diabólico es,”
    dijo torciendo el mostacho,
    “que para hablar en gabacho
    un infante en Portugal
    llega a viejo y lo habla mal
    ¡y aquí lo parla un muchacho!”

  2. Crispal dice:

    Bueno, a mí me da sana envidia eso y pensar ¿cómo serán los móviles y ordenadores que usará el chaval en el futuro? Recuerdo que me compré mi primer ordenador a los 28 años (un 286 último modelo con 40 megas de disco duro, una bestia en su época). Cuando veo a niños de 8 años manejando ordenadores como los actuales siempre pienso qué será cuando ellos tengan 28 años.

  3. Lo mejor para hacer frente a la envidia es conocernos bien, potenciar y trabajar nuestras cualidades y ser conscientes de nuestras limitaciones es el mejor inicio para progresar. No vivamos pendientes de lo que no tenemos. Practiquemos la contemplación en su sentido más profundo, el deleite por lo que se tiene, el redescubrimiento gozoso de lo que nos rodea: las personas que queremos, la fauna y la flora, los paisajes, los pequeños objetos entrañables o los que nos hacen más cómoda la vida. También podemos convencernos de que, normalmente, nada perdemos cuando a otros les van magníficamente las cosas. O darnos cuenta de que compararse con los demás casi siempre resulta estéril. Nuestro mejor punto de referencia somos nosotros mismos. Establezcamos metas en función de nuestras posibilidades, no de lo que otros han conseguido. Podemos considerar que hemos superado la envidia cuando nos alegramos del éxito o la buena suerte de los demás.

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