Yo maté a Grover Burch (002)1 de Diciembre de 2007 — Manuel DelgadoLa Semana Santa llegó a Barcelona, que la acogió con más ganas de lo que algunos habÃan supuesto. Hasta entonces, no habÃa vuelto a ver a Grover Burch. En realidad, ni siquiera sabÃa aún cuál era su nombre. Para mÃ, sólo era aquél marinero extranjero tan grande, de pelo castaño claro muy corto, que me habÃa pagado con dos cartones de rubio americano un paseo a lomos de la Manoli un par de meses antes. Uno de aquellos cartones me lo fumé a su salud, pero el otro lo convertà en mantequilla con la ayuda de un carabinero y, a su vez, aquella grasa amarilla se convirtió en unas pesetas al contacto con el señor Ferrer, que regentaba una panaderÃa en la calle de la Princesa y siempre estaba en busca de ingredientes con los que satisfacer a su clientela. Cuando aquellas pesetas se disolvieron en el fondo de mi cartera, olvidé por completo al grandullón y a su enorme abrigo azul.
La policÃa se habÃa preocupado de dejarnos claro a los de mi industria que, durante la Semana Santa, las chicas debÃan tomarse unos dÃas de descanso. Si bien las cuentas de mi negocio se resintieron, la Montse y la Manoli agradecieron los dÃas de asueto y se dedicaron a remendarse las medias y poner al dÃa sus melenas en aquel cuartucho con vistas al mercado de San José que compartÃan desde que las presenté, justo antes de las Navidades. Por mi parte, me dediqué a pasear por las estaciones de autobuses, punto habitual de llegada de chicas de pueblo con ganas de hacerse un futuro en Barcelona, por si encontraba a alguna que prefiriese entrar en el sector de la diversión y las atenciones mutuas en lugar de en la sufrida industria del servicio doméstico. El Viernes Santo, tras no haber tenido suerte en mis esfuerzos de reclutamiento, volvà a paso vivo a mi pensión de la calle de los Sombrereros. La prisa me venÃa por un interés de lo más vulgar, nada relacionado con los lances en que me solÃan meter mis actividades diarias de intercambio de mercaderÃas: llegar a cenar el potaje que habÃa preparado por la mañana doña Carmen, la dueña de la pensión, y cuyo olor se me habÃa quedado aferrado a los pelillos de la nariz, trayéndome durante todo el dÃa recuerdos de un tiempo ya tan lejano que me parecÃa como si perteneciera a una de esas pelÃculas que habÃa alcanzado a ver antes de la guerra en el cine Callao, cuando aún vivÃa en Madrid, con mis padres. Al girar la esquina de la calle de Moncada, frente a la puerta de mi pensión pude ver un par de figuras que hicieron que, instintivamente, mi mano derecha bajase un poco más dentro del bolsillo del gabán y abrazara la culata de mi Bodeo, que no se habÃa separado de mà desde la noche en que su anterior dueño, un teniente italiano, lo perdiera jugando a las cartas en un antro de Santander. Hasta el momento, mi instinto me habÃa mantenido vivo y entero a lo largo de ocho años de correrÃas variadas, incluidos tres de guerra, asà que si mi mano decidÃa acercarse al revolver, yo no le llevaba la contraria. Al avanzar un poco por Sombrereros, justo mientras pasaba por el escaparate de una antigua tienda de telas abandonada durante la guerra, una de esas siluetas despertó un recuerdo en mi memoria, aunque no puedo recordar ahora si aquel recuerdo me tranquilizó o me puso aún más en alerta. << CapÃtulo anterior - CapÃtulo siguiente >> Un comentario a “Yo maté a Grover Burch (002)”Haga un comentario |
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3 de Diciembre de 2007 a las 00:00:23