Yo maté a Grover Burch

Conocí a Grover Burch en 1940, uno de aquellos años que pasé en Barcelona ganándome la vida con el intercambio de mercancías a espaldas de los carabineros y con la protección de un par de muchachas que habían acudido a la capital pensando que allí vivirían mejor que en su pueblo. La primera vez que le vi fue en un tugurio sin nombre de la calle de la Merced que a la Montse y la Manoli, que así se llamaban mis inversiones, les gustaba frecuentar, siempre en busca de algún marinero con la paga aún caliente en la cartera. Aquella tarde, la Manoli se me acercó a consultarme si podía aceptar el precio que le ofrecía un mozarrón extranjero que se había quedado prendado de ella. Por aquellos dos cartones de rubio americano, el grandullón aquél podía disfrutar del apretado culo de la Manoli toda una noche, pero yo puse gesto de fatiga e hice un par de aspavientos con las manos como si aceptase el trato a regañadientes. Yo siempre fui de los que daban mucha libertad a sus protegidas, que eran libres de irse con quien ellas eligieran, pero debían pactar conmigo cualquier variación en el precio. Desde unas mesas más allá, Grover me sonrió de medio lado al ver acercarse a la Manoli, ya liberada de los cartones de rubio. Se levantó y, al llegar ella a su lado, ambos se perdieron entre el humo y las tinieblas que invadían el fondo de aquél tugurio sin nombre. Lo último que pude ver de ellos dos mientras se alejaban hacia la puerta fue la inmensa manaza del marinero dándole un tiento al carrillo derecho del apretado culo de la Manoli.

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