Zapatero, el Rey, Chávez, Moratinos… mezcla explosiva

Muchos habrá estos días que vean en la actitud de Rodríguez Z. y del Rey en la Cumbre Iberoamericana de Chile un acto de valentía y de sensatez. No puedo estar más en contra de esa interpretación de los hechos. Sí es cierto que no haber dicho nada hubiera sido una clarísima muestra de indignidad y de bajeza política, pero el decirlo no te eleva a los altares. Antes bien, una respuesta como la de Rodríguez no es tanto una defensa del “buen nombre” de Aznar o de España como un lógico intento de no hacer el juego a tu contrincante en una negociación (y una cumbre de ésas no es más que una negociación o, mejor dicho, un compendio de negociaciones) y de no dejar que sea tu interlocutor quien siente las bases sobre las que vas a negociar en el futuro.

En este caso, la diplomacia española no podía permitir que se creara un clima en el que España pareciera deberle algo a Venezuela y a otros países del área, puesto que ésa es una situación de partida muy negativa para España en posteriores negociaciones. La actual diplomacia española se está encontrando con un buen número de dificultades para manejar las relaciones con Iberoamérica debido a, entre otros factores, la falta de sintonía entre nuestro discurso bienintencionado, de apoyo y de admiración a sus líderes, y el discurso agresivo de nuestras contrapartes sudamericanas que nos ven exclusivamente como una potencia neocolonialista. En resumen: les reímos las gracias sin querer darnos cuenta de que se ríen de nosotros. Lo ocurrido en Chile no es más que un cambio de postura, tardío en mi opinión, para intentar resolver la situación. Estoy convencido de que estaba estudiado y planificado: no ha sido ningún calentón.

Si a Rodríguez Zapatero y al Rey les importara mínimamente el “buen nombre” de José María Aznar, y tanto les molestaran las acusaciones de Chávez, bien podrían haber cesado de inmediato al Ministro de Exteriores Miguel Ãngel Moratinos cuando afirmó en 2004, en el programa 59 segundos, que Moratinos acusa a Aznar de haber apoyado el golpe de estado contra Chávez de 2002. O bien podría haber salido el Rey en defensa de Aznar y del Partido Popular cuando, durante los días posteriores al 11M, se les acusaba de haber intentado dar un golpe de estado, en España.

Resulta curioso ver a Zapatero sentirse ofendido ante la acusación de “fascista” a Aznar cuando su grupo parlamentario, su gobierno y su partido llevan ya años tildando, día sí y día también, al Partido Popular de “derecha extrema”, ridículo eufemismo para evitar decir “extrema derecha”. Hoy, sin ir más lejos, el ejemplo de moderación llamado Diego López Garrido se ha referido a Aznar como un “desprestigio para la imagen de España”.

Cuando un Gobierno basa su estrategia para contener a la oposición en cuatro consignas y un aluvión constante de ataques personales, nadie debería sorprenderse porque individuos como Chávez se crean con el mismo derecho que ellos a hacerlo. Cuando entre los votantes y simpatizantes del PSOE (y entre los cargos y símbolos de Izquierda Unida) abundan los que apoyan explícitamente que se procese a Aznar por la guerra de Irak, no debe sorprendernos que los que rodean a Chávez digan que Aznar es “un personaje siniestro, un auténtico fascista, involucrado como subalterno de Bush en el genocidio iraquí”.

El que siembra vientos, recoge tempestades.


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