Analfabetismo feminista

La semana pasada, leí esta noticia sobre cómo Rosa Peris, directora del Instituto de la Mujer, denunciaba la existencia de formas lingüísticas “que denigran a la mujer”, así como una tendencia “antropocéntrica” por parte de la Real Academia de la Lengua Española. Resulta tan penoso ver cómo los impuestos de uno se van a pagar sueldos de segun qué gentes…

¿Cómo de iletrado hay que ser para no entender que la política no puede legislar sobre el idioma? Cualquier comparación de estas prácticas de manipulación lingüística con la novela 1984 o con los años más duros de la dictadura estalinista se queda corta. Intentar influir sobre el habla de las personas hasta el punto de, desde una posición de poder, crear nuevas palabras en sustitución de otras que no te agradan es uno de los más profundos, agresivos y abyectos ataques a la libertad imaginables.

¿Se puede llegar a esos cargos sin comprender que la RAE no “crea” o “regula” la lengua, sino que se limita a estudiarla y plasmarla en el Diccionario y demás publicaciones? Sólo desde la incultura puede alguien pensar que, cuando la RAE habla de “norma” (por ejemplo, en el caso de la “norma ortográfica”), se refiere a una regla, una ley, que todos deben seguir, y no a la enumeración de una serie de criterios que se consideran cultos, en comparación con otros que se consideran vulgares. Nótese: se consideran, no son. Y no es que lo considere la RAE, sino que lo consideran los hablantes de la lengua. ¿Se puede, por tanto, pedir (exigir, en este caso) a la RAE que cambie “sus” tendencias? Cuando los hablantes abandonan determinados sentidos, el Diccionario se actualiza y los borra. No al revés.

El problema, de todos modos, no radica en el desconocimiento de los objetivos y las actividades de esa institución, sino en la base del asunto: no hay sino cortedad al pensar que palabras como “albañil” o “juez” no pueden designar a ambos sexos. La confusión entre el concepto lingüístico de género y el biológico de sexo es señal inequívoca de ausencia de educación básica. Seguro que la señora Peris pasó por el colegio, sí, pero lo aprovechó bien poco, al menos en lo que a la lengua se refiere. Desgraciadamente, esta confusión abunda entre los políticos progresistas de hoy.

Sin embargo, nada de lo anterior es lo peor de la noticia. Lo peor son las afirmaciones de la presunta lingüista Eulalia Lledó. Se pregunta la “experta” cosas como “si en el siglo XIV se hablaba de ‘sastras’ y en el XVII se de ‘soldadas’ y ‘obispas’, ¿por qué no decir en el XXI la palabra ‘bachillera’?” Vayamos por partes: pese a que la supuesta lingüista lo desconozca, en el siglo XXI, o sea, hoy, se sigue diciendo “sastra”. Lo he oído toda la vida. Podría fijarse, por ejemplo, en los títulos de crédito de los programas de televisión o las películas. Lo vería muchas veces. También podría verlo en el Diccionario de la RAE, donde está claramente recogido, pero creo que no debe de consultarlo muy a menudo. Si a lo que se refería la lingüista es a que la existencia, ya entonces, de esa palabra justifica la creación (o la eliminación) de muchas otras hoy, el ejemplo es burdo y trivial (también había campesinas, por ejemplo, ¿no?) y la conclusión es ridícula: el que unas palabras sí tengan forma femenina no implica que todas deban tenerla también. Por cierto, la palabra “obispa” no está en el DRAE pero, en cambio, es habitual en el habla de Hispanoamérica, sobre todo, obviamente, en aquellos países en los que proliferan ciertas iglesias cristianas en las que las mujeres pueden llegar a ese cargo. Fíjense: los hablantes haciendo que evolucione la lengua, sin esperar a que se lo diga el Instituto de la Mujer. ¡Quién lo iba a imaginar!

Por otra parte, el que una palabra se usara hace siete siglos no la convierte, necesariamente, en “válida” para su uso actual. Desde un punto de vista lingüístico, el argumento es una barbaridad. Se usó, sí, pero no por ello hay que pensar en usarlo hoy. Puede ser evocador decir que vas a usar el bacín cuando te sientas en el retrete, pero es un arcaísmo como la copa de un pino. Actualmente, hasta retrete empieza a serlo.

Para concluir la crítica a las palabras de la lingüista Lledó, me encantaría contar con esas referencias de los siglos XVII para “soldada” -con el sentido de mujer en la milicia- y “obispa” -con el sentido de mujer al frente de una diócesis-, porque no le encuentro la mínima lógica a la existencia, por esas fechas, de palabras como ésas, carentes de un referente real (¿cuántas mujeres había en el ejército? ¿Y en los obispados?). Quizá la señora Lledó haya encontrado algún uso concreto en alguna obra de teatro, poemilla o similar y lo haya elevado a la categoría de habitual en el habla de la época. Me da que van por ahí los tiros, lo que no hace sino ilustrarnos sobre la calidad de su análisis. Si me equivoco, bienvenidas sean las referencias al uso común de esas palabras, con esos sentidos, en esas fechas.

Me estoy extendiendo mucho, así que terminaré con una duda que me corroe las entrañas: ¿puede alguien mantenerse al frente de una institución pública desconociendo lo que significa “antropocéntrico”? ¿Quizás quería decir “androcéntrico”? Señora Peris, si no puede usar correctamente palabras de más de tres sílabas, evítelas. O dimita.

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