El derecho a morir

El caso de Terri Schiavo está haciendo correr ríos de tinta (de la de siempre y de la digital), cascadas de imágenes televisivas y no pocos kilómetros de tertulias radiofónicas. Sin embargo, a pesar de la ubicuidad de la información que caracteriza nuestro mundo actual, es triste ver cómo muchos optan por la vía fácil de la interpretación simplona del caso. Es una pena escuchar tan a menudo frases como “que dejen que muera en paz”, pues esas expresiones demuestran un desconocimiento casi total de la realidad del caso.

Lejos de parecerse en algo a la película “Mar Adentro” y también muy lejos de tratarse de un caso de eutanasia típico (entendiendo como tal la desconexión de las máquinas sin las cuales alguien que está clínicamente muerto no puede vivir), el caso de Terri Schiavo es el de una mujer aún joven que sufrió hace años un terrible accidente que la han incapacitado para llevar una vida normal. Sus terribles daños cerebrales no la han convertido en un vegetal, pero sí en alguien muy distinto de quien era. Según el sitio web de una fundación de Florida que lucha por proteger su vida, Terri es “una adorable joven curiosa y atenta, que interacciona con los demás de forma consciente, y que vive con una discapacidad severa. Vive sin necesidad de máquinas de soporte vital y recibe sus alimentos a través de un tubo que sólo se le conecta cuando debe comer”. Las imágenes que muestran todas las televisiones confirman todos estos puntos.

Todo eso tiene una serie de consecuencias terribles. En primer lugar, al no depender más que de la sonda gasonástrica que la alimenta, la única forma de “acabar con su sufrimiento” es no volviéndole a conectar esa sonda, es decir, matándola de hambre. Convendría recordar esto justo antes de volver a usar la expresión “muerte digna”. Me pregunto qué pasaría si Terri pudiera, aun con dificultades, tragar su propio alimento: ¿ordenarían a las enfermeras del hospital que dejaran de darle la comida a diario?

En segundo lugar, este caso abre la puerta a que cualquiera que moleste mínimamente a un familiar (un marido que quiera casarse con su actual pareja, por ejemplo, como en el caso de Terri Schiavo) sea eliminado mediante una simple orden judicial, por el simple hecho de no poder moverse, hablar o relacionarse con normalidad. Se me ocurren muchos, muchísimos colectivos que encajan en esa descripción: ancianos inválidos, enfermos mentales, ciertos afectados por síndromes como el de Down, etc. No deja de llamar la atención que sociedades que, en teoría, se preocupan cada vez más por el bienestar de esos colectivos no duden en absoluto a la hora de defender la eliminación de Terri.

En tercer lugar, está claro que la legislación de los países occidentales no incluye fórmulas eficaces para determinar a quién le corresponde la decisión de comenzar un proceso como éste. El marido de Terri, que mantiene otra relación con otra mujer desde hace años, fue quien solicitó la eliminación de su todavía esposa, lo que tendrá como consecuencia que por fin se podrá casar con su actual pareja. Los padres de Terri, en cambio, defienden la vida de su hija. ¿A quién hay que escuchar? ¿Puede el cónyuge imponer su voluntad a la familia? ¿Puede la familia imponérsela al cónyuge? ¿Qué tienen que decir las feministas sobre que el marido decida sobre la vida de la mujer a pesar de lo que dice su madre?

Finalmente, por no extenderme más, es evidente que la falta de debate constructivo sobre el tema de la eutanasia nos llevará a muchas más situaciones como ésta. Mientras no se reconozca abiertamente que existen diferencias notables entre casos como el de Ramón Sampedro (un suicida, independientemente de otras consideraciones), el de una persona en estado vegetativo irreversible o el de Terri Schiavo, será imposible generar la legislación necesaria para que estas cuestiones se resuelvan satisfactoriamente. Mientras se siga aplicando el “todo vale” a estos temas, seguirán produciéndose barbaridades como ésta.

Una recomendación: más nos vale a todos ir redactando un buen testamento en el que quede bien clarito qué queremos que hagan con nosotros en todos los casos posibles. No vaya a ser que a algún primo o sobrino nuestro le dé por decir que sería mejor pegarnos un tiro si nos rompemos una pierna.

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Publicado en: Actualidad y noticias.  |  .

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