La televisión basura y la basura de la sociedad

Importante: no estoy a favor de la televisión basura; en realidad, la detesto. Lo digo por si a alguien se le ocurre pensar lo contrario al leer esto. No obstante, no creo que la televisión basura deba ser nuestra mayor preocupación en términos culturales, sociales o de educación.

Parto de la base de que la televisión es un producto comercial, incluso en el caso de las cadenas públicas (muy a mi pesar, por cierto). El espectador es, por tanto, un consumidor en un mercado libre, que puede optar libremente por un producto (véase, un programa) u otro. Incluso tiene la opción de ver una película de DVD o, poniéndonos drásticos, hasta de apagar el televisor por completo. De este modo, si la gente ve los programas basura de nuestra televisión (y son incontables ya) es porque, de toda la oferta, es lo que más les satisface.

Para resolver el problema de la televisión basura (sí, es un problema: cuando una sociedad da más importancia a Gran Hermano que a las nuevas leyes que están siendo aprobadas por el gobierno socialista, tenemos un verdadero problema), hay que pensar en términos de marketing. En lugar de prohibir la televisión basura (¿quién pondría el límite entre lo que es “basura” y lo que no?), habría que adoptar una estrategia basada en dos grandes frentes: 1) aumentar la oferta, para dar cabida a otras opciones (productos, canales, como queramos llamarlo); 2) educar al consumidor para que sepa discernir lo bueno de lo malo, aunque sea una medida a muy largo plazo.

La pena es que, como con tantas otras cosas en la vida, esa estrategia se encuentra con escollos insalvables puestos ahí por la política barata (¿o será “política basura”?) . Aumentar la oferta implica aumentar el número de canales y esas decisiones están sometidas a todo tipo de presiones por parte de los canales actuales, los grandes grupos mediáticos (recordemos a Jesús “del Gran Poder” Polanco) y los partidos políticos. Ningún gobierno se va a lanzar a una liberalización absoluta del sector, pues nada gusta más a un gobierno que controlar los medios de comunicación.

Por su parte, educar al consumidor, o sea, a todo el mundo, implica darle instrumentos propios de valoración y de juicio, enseñarle a discernir lo bueno de lo malo en todos los sentidos, animarle a tener su propia personalidad, única y verdaderamente original… esto sí es viable pero, desde luego, no con nuestro actual gobierno, que ha sumido a España en la completa ignorancia de las materias más básicas y ahora se lanza no sólo a cortar de raíz cualquier intento de enmendar sus desmanes (léase, la Ley de Calidad de la Enseñanza) sino a acabar con cualquier referente moral que pudiera quedar en este país (léase, la Religión Cristiana, versión Católica). Se conoce que al PSOE no le interesa que la gente piense libremente. Prefieren tenerlos atontados con Crónicas Marcianas, Gran Hermano y la Pantoja, mientras se sacan de la manga no sé qué historias ridículas para luchar contra la telebasura. Así nos va.


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